Inutilidad de los extremos

Inutilidad de los extremos


Por Segisfredo Infante

Desde hace unos ocho años para acá, algunos subgrupos de individuos intentan, casi todos los días, las semanas, los meses y los años, empujar las circunstancias hondureñas hacia los extremos. Los intereses de cada subgrupo son variados y contradictorios. Tales intereses incluyen la violencia creciente, con indicadores que parecieran alcanzar los más altos niveles de las curvas estadísticas. Las personas, verdaderamente informadas, saben exactamente bajo qué gobernante (o subgrupo gubernamental) se disparó la ola delictiva, manejada tras bastidores por el crimen nacional e internacional, como si le hubieran dado luz verde, con el fin ulterior escondido, propio de una agenda oculta, de desestabilizar lo poco bueno que a pesar de los pesares ha conservado Honduras.

La desestabilización, alimentada por la ponzoña y la cizaña, ha llegado al extremo de internalizarse en el alma y el espíritu de los viejos grupos de amigos y parientes, que se han peleado entre unos y otros, por vaciedades ideológicas ya pasadas de moda. Alguien, con deseos de sangre, pozo de malacate y cementerio, ha metido la espada herrumbrosa de la infraternidad entre los amigos, conocidos y parientes hondureños. No quiero con esto expresar que las ideas e ideologías consistentes no merezcan ningún respeto. Soy respetuoso de los verdaderos ideólogos que se han fajado en el estudio meticuloso de los archivos, de los libros serios y de las doctrinas más o menos consistentes. Soy respetuoso, además, de Karl Marx, Sigmund Freud y de Milton Friedman, para sólo mencionar tres nombres controversiales, aunque no comparta, ni siquiera en un treinta por ciento, sus particulares perspectivas. Pero respeto y admiro la acuciosidad y desinterés con que estos tres hombres se entregaron a sus propias investigaciones y especulaciones teoréticas, muchas veces ideologizadas, en forma por demás obsesiva.

No comparto, desde luego, las actitudes de aquellos que se dedican a repetir fraseologías mecánicas de estas o de aquellas ideologías “X” o “Y”, aun cuando alguna de las mismas sea más o menos afín a mi forma de pensar. No comparto las deformaciones de los “manualitos” que a lo largo de las décadas y de las fechas recientes se han encargado de inyectar el odio y de robustecer la ignorancia y la capacidad extraordinaria para lanzar ataques viscerales y gratuitos al prójimo, por el simple hecho que el prójimo se distancie de cualquiera de las líneas ideológicas o políticas coyunturales que el momento pareciera exigir. Aunque soy admirador de la mayoría de los intelectuales y poetas mexicanos, no comparto, de ningún modo, la ideología elemental derivada de los pasquines de Eduardo Humberto del Río, más conocido como “Rius”, ni de otros caricaturistas básicos, ideologizados hasta el tuétano, que tal vez sin pretenderlo le inyectan odio a sus lectores. Y es que produce genuina tristeza observar a las personas atrapadas en las esterilidades y vanidades de tanto odio, envidia, mentira, tergiversación y mezquindad.

Cuando todavía era un muchacho tuve la dicha de relacionarme con intelectuales hondureños que se querían, respetaban y admiraban, a pesar de las tremendas diferencias ostensibles entre ellos. Fui amigo personal de Medardo Mejía, de Guillermo Emilio Ayes, de Eliseo Pérez Cadalso y de Roque Ochoa Hidalgo. Ellos buscaban la forma de encontrar las coincidencias en medio de sus tremendas diferencias. El abogado Guillermo Ayes, por ejemplo, exhibía un paradójico cariísmo-estalinismo que producía cierta gracia entre los amigos que le queríamos y respetábamos. A Medardo Mejía lo hemos seguido queriendo, mencionando, publicando y homenajeando, con hechos, en el curso de varias décadas (sin ningún silencio), a pesar que guardamos distancias de algunos predicamentos suyos. Y es que era interesante observar la hermandad entre Medardo Mejía y Guillermo Ayes, amén del cariísmo evidente del segundo. O la proximidad, con ellos, del poeta y ensayista Roque Ochoa Hidalgo, quien había evolucionado, tardía pero aceleradamente, hacia posturas existencialistas y “existenciarias”, derivadas del pensamiento de Sören Kierkegaard, Jean-Paul Sartre y Martin Heidegger, con ingredientes católicos. También era evidente el inmenso respeto y cariño del “nacionalista” Eliseo Pérez Cadalso, hacia el “liberal” Rafael Heliodoro Valle. Estos intelectuales jamás hubiesen permitido que ningún bigotudo, con “olor a vacada”, como diría Medardo Mejía, destruyera sus amistades íntimas. Ni el neopopulismo rampante ni tampoco el “neoliberalismo” transitorio, hubieran destruido sus inconmovibles hermandades intelectuales, por aquello de la forma sobria de mirar el mundo, con todas sus unidades y contrariedades heracliteanas y hegelianas.

Hagamos un esfuerzo por mantenernos intactos, con “calma faraónica”, a pesar de la extremosa violencia cotidiana y de las ofensas estériles, reduciendo los epítetos zaheridores al uso; o los adjetivos vacíos, al mínimo; que nunca caracterizan el verdadero peso cerebral. Hagamos uso del principio de misericordia con los “adversarios”; principio reforzado por la carta “Misericordiae Vultus” del Papa Francisco, en contra del desamor y la inutilidad.

Comentarios

Entradas populares