Vox populi y dictadura

Vox populi y dictadura


Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Minimizar los sentidos, cerrar el diafragma de lo crítico frente a la realidad; reducir a lo imperceptible las cosas y los nombres, tender a lo ínfimo en los sucesos; todo eso, se ha convertido en una costumbre profunda y culturalmente muy arraigada entre los hondureños. El raciocinio y el “ethos” -como dicen los filósofos para referirse al estado emocional del alma-, rayan en lo liliputiense, en la nadería con la que solemos ver la tragedia, la amenaza y el futuro. La falta de precaución frente a las evidencias, el revestimiento de despreocupación con el que tratamos los acontecimientos temibles, o la perplejidad inconmovible con la que franqueamos los hechos que acaban en desventura, no solo provoca desaliento, sino también, es justo decirlo, debería convertirse en el punto de partida del análisis filosófico o sociológico para terminar de entendernos como nación.

Todo ello tiene un origen genético y cultural. Su procedencia: ¡vaya usted a saber! Debe ser que el ambiente -expresado en esa orografía que nos atraviesa como sistema nervioso; en el paisaje urbano y rural, o en la espesura de la selva-, ejerce cierta influencia sobre nuestro genoma humano a tal punto que nos amolda con cierta predisposición para cerrar los ojos frente al peligro, o rehuir al debate serio y razonado que exigen los acontecimientos. Pero el componente que opera en mayor tributo en este nuestro carácter endeble, es precisamente lo subyacente a lo social. Y ahí, la historia, encadenada al sistema político, a lo económico y lo social, nos obliga, sin remedio, a aceptar las cosas tal como nos las ofrecen los políticos; no se aceptan regates ni críticas.



No hace mucho en la historia de Honduras, un poco antes del 2009, a un “representante del pueblo” se le ocurrió la idea de que nuestro país debía transitar por una ruta que sus asesores tuvieron en bien sugerirle seguir, y que serviría para los propósitos de afianzar el poder político por una buena cantidad de años, todavía inimaginables para nosotros. La apariencia moral puesta en el escenario fue esta: los pobres al poder. Al final de cuentas, los pobres no ganaron nada, pero los grupos alrededor del Moisés socialista, cosecharon holgura y fortuna. Hasta antes del 28 de junio de ese año, los medios y los fines no eran fácilmente perceptibles.

Antes de eso, salvo uno que otro intelectual, de los denominados por los “fans” del director de la Cuarta Urna, como “derechistas”, había advertido de los peligros que conlleva una “dictadura democrática”, que lejos de fortalecer la democracia, habría podido romper el último eslabón que sostenía la debilitada cadena del sistema parlamentarista. Nadie más dijo nada: la impasibilidad y el desgano envolvió el espíritu nacional, como si se tratara de un soporífero inventado precisamente por los políticos, para aletargar la consciencia crítica, y que el raciocinio colectivo no pusiera en peligro los designios de los liberales convertidos, repentina y sospechosamente, al socialismo del siglo XXI.

Y hoy en día, las cosas parecen repetirse para pesadumbre de aquellos que creen que la historia es dialécticamente lineal. Como en todas las democracias, los partidos deciden el futuro de una nación, siguiendo un bien concebido plan de negocios. Jamás afligidos por la felicidad de esa construcción mental que los políticos denominan “pueblo” -esa manía colectivista que no refleja la unanimidad sino tendencias, y que solo cabe en la mente especulativa de los mercadólogos y asesores-, los políticos aprovechan el andamiaje electorero para alcanzar sus designios, es decir, sus negocios, mientras el público les aplaude o guarda silencio más por ignorancia que por complicidad.

Mientras ese clan privilegiado, al que una buena mayoría de profesionales ineptos imposibilitados para colocarse en la empresa privada, desea seguir con vehemencia patriótica, se mueve con apariencia humanitaria y sensible, las organizaciones intermedias, no gubernamentales, como sindicatos, ONG, OPD, asociaciones gremiales y de otras especies, negocian con el poder su cuota de participación en el período que subsecuentemente y de manera ineluctable llegará para felicidad de las juntas directivas de los nuevos empresarios que aparecerán en los próximos diez años de dictadura aún en diseño.

Y los intelectuales y comunicadores, atrincherados en los medios informativos, oficialistas e “independientes”, es decir, los que forman opinión, no querrán quedarse atrás. Tomarán la pluma, la sumergirán en el tintero y comenzarán a esbozar filigranas, florituras y alabanzas sobre el nuevo libertador, sembrando entre las multitudes, desconcierto, desorientación, emotividad y decisiones precipitadas: “la voz del pueblo -dirán- es la voz de Dios; pero la sentencia no hace sino, preparar las consciencias para el día de la contrición. Cuando las cosas salgan mal y las libertades sean conculcadas, las miradas caerán sobre los mismos ciudadanos a quienes no les quedará más remedio que cerrar no solamente sus sentidos, sino también sus bocas… para no correr peligro. Y en ese momento, se darán cuenta que la vox populi no es la voz de Dios… pero, para entonces, será demasiado tarde.

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