El pensamiento catastrófico de vivir en Honduras

El pensamiento catastrófico de vivir en Honduras


JOSÉ ADÁN CASTELAR

Llega de visita a una colonia y lo primero que encuentra en un portón de hierro cerrado; se acerca un guardia armado y con desconfianza le pregunta que a quién busca; pide una identificación y de mala gana lo hace pasar. Luego avanza por una calle flanqueada por altos muros coronados con serpentinas metálicas y alambres electrificados. El paisaje habitual para una población que vive en la frontera del miedo por la altísima criminalidad y la muerte cotidiana.

Pero la vida fluye afuera y hay que salir a enfrentarla; y los ciudadanos caminan por temerosas aceras, mientras desconfían de los extraños que se encuentran; y las muchachas se aferran a su bolso, y los muchachos se tocan el celular en la bolsa del pantalón. Suben al bus y notan más gente rara, y todos se miran, se rozan y se ignoran. Miedo en todas partes.

Con tantos crímenes repetidos y la violencia sedentaria es inevitable el pensamiento catastrófico: creer o adivinar que algo trágico nos puede ocurrir. Así vivimos la mayoría de los hondureños, acercándonos irremediablemente a patologías de ansiedad y depresión, que ya estaríamos necesitando más de la psicología que de la economía o de las ciencias políticas. Claro que están los que viven en una burbuja y no se enteran, y los pocos que viven escoltados y solo han oído hablar de la delincuencia.

Un hombre en moto resalta la alerta de los conductores de vehículos, cuando rebasa inesperadamente o cuando se coloca a la par en los semáforos. El miedo heredado por los recurrentes ataques de los sicarios. Tampoco se puede distraer cuando otro carro permanece mucho tiempo atrás en la vía o cuando se acerca demasiado. Todo mundo viaja con las ventanas cerradas, aunque el calor asfixie, pues los prohibidos precios de la gasolina también limitan el aire acondicionado.

¿En qué ha transformado a los hondureños este terror cotidiano? La asombrosa puntualidad de la violencia ha pronunciado uno de nuestros más primitivos sentimientos: el miedo, que se alojó en lo profundo del cerebro desde que el hombre habitó en las selvas y en las cavernas, para dar una respuesta inmediata ante el riesgo y una actitud defensiva para asegurar la superviviencia frente a los depredadores. Es probable que esta expresión de pánico que se ha mantenido por millones de años de evolución es la que nos permite adaptarnos a este ambiente hostil y sumamente peligroso.

Casi nadie contesta los números de desconocidos, como una señal inequívoca de una nueva forma de miedo, porque hasta hace algunos años cualquiera era valiente desde lejos y podía decir cualquier cosa desde un teléfono anónimo. Pero ahora el crimen vinculado al chantaje y la extorsión tiene como herramienta imprescindible el celular.

La suma de los miedos es interminable y solo refleja que las políticas de seguridad del gobierno han fracasado trágicamente. Nunca antes había tenido tanto presupuesto para la sujeción de la delincuencia, pero los modelos se basan solo en la coerción y la represión contra los delincuentes, y muy poco para programas que borren la desigualdad, la iniquidad, la exclusión, el marginamiento y la injusticia; sobre todo en los barrios más pobres donde viven los más pobres, y donde subyace la violencia común. Porque el otro delito, tan grave como este: la corrupción, viene en otros empaques.

Aunque el miedo es un estado emocional arraigado profundamente y las respuestas que da el cerebro son naturales e intuitivas, también está sometido al aprendizaje para saber a qué temer y cómo reaccionar; ese es el desafío para sobrevivir en una sociedad violenta.

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