Megalomanía o ideas de grandeza

Megalomanía o ideas de grandeza


Por Dagoberto Espinoza Murra

En el pueblo conocí dos casos que ahora, psiquiátricamente, diría que se trataban de enfermos bipolares, o maníaco-depresivos, como los llamábamos hasta hace unas tres décadas. Don Saturnino, hombre de mediana estatura, robusto y de pelo hirsuto, llegaba a casa de su hijo en los períodos en que se ponía muy alegre. Abandonaba la aldea montando una hermosa mula y en una de las manos portaba su vieja guitarra. En el trayecto cantaba y cuando miraba una mujer hermosa detenía su cabalgadura y entonaba canciones en las que se habla del amor mal correspondido. Para ese tiempo había salido la canción de Juan Charrasqueado y él se identificaba con el personaje de la ranchera mexicana. En el pueblo decía que era amigo del presidente y que los diputados le debían mil favores; que era rico y que las mujeres se enamoraban de él.

El otro caso se trataba de una mujer como de unos treinta y cinco años. Era hermosa y vestía ropa de telas brillantes; durante la fiesta patronal bailaba en el cabildo sin dar muestras de cansancio. Como se pintaba los labios de manera exagerada dejaba huellas de colorete en la camisa del acompañante. Cantaba y se reía a carcajadas y sostenía que en la comarca ninguna mujer le podía igualar en belleza. Según se comentaba en la escuela por los compañeros ya “garruditos”, en horas de la madrugada la alegre dama, después de tomar bastante chicha se iba al río con uno de los que la habían cortejado en el baile.

En una ocasión le mencioné a mi padre (director de la escuela) lo que escuchaba decir de don Saturnino y de la señora bailadora. Él, con palabras sencillas, me explicó que algunas personas padecen de ciertas enfermedades y que por eso en el pueblo les dicen enajenados mentales. Que lo que hablan o hacen -agregó- no es en sano juicio. A esas ideas de grandeza de don Saturnino un doctor, que pasó por casualidad por el pueblo, le llamó megalomanía. Esa palabra se grabó de manera indeleble en mi memoria.

En quinto año de medicina, en una de las clases del doctor Hernán Corrales Padilla, al referirse a la sífilis, nos dijo que en dermatología son importantes las dos primeras fases de la enfermedad. Como se trata de una patología de transmisión sexual, lo primero que se observa es un “chancro”. Semanas después se presentan erupciones cutáneas, que no pican, y eso se conoce como secundarismo. “Pero como médicos -enfatizaba el maestro- deben saber que también hay una sífilis o lues terciaria que afecta el aparato cardiovascular y el sistema nervioso. En este último caso, dijo, se presenta lo que los neuropsiquiatras llaman Parálisis General Progresiva (PGP), en la cual se observa demencia acompañada de megalomanía o ideas de grandeza.

Cuando escuché la palabra megalomanía vinieron a mi memoria las palabras explicativas de mi padre al referirse a la grandiosidad del discurso de don Saturnino. Ya haciendo la especialidad me tocó ver muchos casos de PGP en Europa; también vi casos bipolares y en las dos enfermedades, de etiología totalmente diferente, encontramos muchas veces la famosa megalomanía. Esta palabra también la encontramos en obras de literatura para referirse a personajes que, sin ser sifilíticos o bipolares, han llenado la historia de páginas muy tristes cuando, validos del dinero y el poder político, lograron imponer sus designios a una comunidad, a una nación o a un continente, como sucedió el siglo pasado en varios países europeos.

Dentro del campo psiquiátrico han sido los seguidores de Freud, los que mejor han estudiado a los megalómanos. Para ellos se trata de personas que tienen la convicción de que todo lo que dicen, piensan o hacen es grandioso. En su interior son medrosos que ocultan un verdadero complejo de inferioridad. Los psicoanalistas los identifican como “narcisos”, es decir enamorados de sí mismos, como el personaje de la mitología griega que, extasiado se contemplaba en las aguas de un estanque, olvidándose de su entorno. “El megalómano (también hay mujeres) es un miedoso que necesita rodearse de serviles para que lo adulen y así retroalimentar su delirio de grandeza”. “Los que la padecen, generalmente han llevado una vida llena de resentimientos por las privaciones vividas en la niñez y la juventud”. No admiten cuestionamientos y las personas cercanas deben girar en torno a sus deseos. También, si cuentan con poder (económico, político o religioso), recurren a cualquier artimaña, lícita o no, para someter a sus adversarios.

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