El agua

El agua


Editorial La Prensa

Quien por su gusto se muere... es el dicho popular ante situaciones innegables que no se quieren enfrentar y como el avestruz escondemos la cabeza pese a la amenaza inminente de una tragedia a gran escala. Ese Niño y esa Niña, así como el discurso del cambio climático han llenado discursos y multiplicado las páginas de los diarios, los espacios en la televisión y las tertulias en la radio, desviando la atención de nuestra realidad que debe ser explicada y resuelta por nosotros.
No es que queramos negar el alcance planetario del cambio climático y los nefastos fenómenos naturales asociados a los cambios de temperatura en las aguas de los océanos. Pero de seguir con discursos magistrales, obviando el daño en nuestros recursos naturales, apañando reformas legales en nombre de necesidades habitacionales, inversiones productivas u obras de infraestructuras es ir abriendo sepulturas a una larga agonía de las generaciones venideras.
No hay que ser amarillistas, señalan los apañadores con decisiones que benefician de inmediato, pero que van abriendo el inmenso abismo, cada vez más profundo y mayor, donde se hallan atrapados poblaciones en el área urbana y en numerosos sectores rurales donde hasta hace solamente unos años el agua corría todo el año cobijada a las sombra de la arboleda; esta destruida y aquella desaparecida la mayor parte del año.
Escasea el agua y lo irá haciendo cada vez más por la depredación en aquellos lugares donde brotan las fuentes, hoy no respetados ni por quienes desde hace años llevan gritando que en el verano ya no tienen agua. Y no solamente los cauces, como en el fantasmal Choluteca, con su orgulloso puente sin río, sino en las reservas subterráneas donde se ha comprobado que la acumulación de agua ha disminuido y la apertura de pozos y la succión del líquido crece porque aumenta la población.
¿Seguirá la ceguera? Mientras la urbanización siga trepando las laderas; los cultivos no amigables con el ambiente avancen y la sierra y el hacha, quizás después del fuego intencionado, recorran los senderos o como dicen quienes aún están a salvo del desarrollo, la modernidad y el consumo, los caminos de herradura, el destino final está escrito ya sin necesidad de expositores o teorías ambientalistas y si no que pregunten en el sur, en el corredor seco, en la zona de Mico Quemado y más recientemente en el Parque Nacional Jeanette Kawas.
Quien por su gusto muere...

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