El primero de la fila

El primero de la fila


MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ

Transitaba por un conocido bulevar de la ciudad, a primeras horas de la tarde. El tráfico, menos pesado que de costumbre, circulaba ordenado y, si no hubiera sido por un irreverente conductor que rebasaba a todos con ánimo de Juan Manuel Fangio frustrado, podría haber sido una avenida de un país diferente. En la radioemisora que venía escuchando, un hastiado oyente escupía sus quejas telefónicamente -para variar y por enésima vez- sobre la falta de solidaridad del vecindario con un problema secular de su barrio, uno de esos cuyo nombre evoca la fecha de instalación en sus predios de los primeros ocupantes sin título ni papeles. Su vehemencia -y un par de maledicencias- me hicieron sonreír y extrañar de pronto al tío Rodolfo, quien, sin perder la elegancia, buen hablar y respeto en el verbo, reclamó hasta el final de sus días por telefonema y sin dar tregua, la pavimentación de la carretera a su querido Güinope (Dios le tenga en gloria y le conceda resurrección o reencarnación, cerca de un teléfono).

Al observar que el farol amarillo del semáforo se había iluminado, reduje la marcha, justo a tiempo para detenerme varios metros atrás del carro de enfrente, el primero de la fila. Con el rabillo del ojo, me preparé para el “ataque” de los chicos que limpian vidrios sin preguntar, incluso cuando está a punto de diluviar. Esta vez no podría excusarme en un “va a llover” para evadir el paso del limpiaparabrisas manual y más bien me preocupaba la falta de cambio para retribuir sus no solicitados servicios. Pero no aparecieron. Tampoco había escupe llamas ni malabaristas, vendedores de diarios o mendigas de dudosa tragedia. La ausencia de todos me produjo un pálpito, breve y de mal augurio, que se hizo realidad cuando vi que al auto de enfrente se acercaba un joven de lentes oscuras y gorra negra, que golpeó con su mano el vidrio izquierdo, el del conductor. Nada me había preparado para ese momento: había escuchado historias de conocidos, leído anécdotas de víctimas sorprendidas en cruces de calles, confiando en que no me tocara a mí, que no fuera mi turno. Pero yo era el segundo de la fila. Yo no estaba ahí, al frente de la lámpara roja, esa que detenía certeramente la movilidad y reacción del automóvil frente al mío (el primero), pero también del mío (el segundo).

Y ocurrió. Lo que uno no espera, pero sucede sin previo aviso. El joven que se acercó al coche, apuntó su mano hacia el frente del vehículo y le indicó con señas al irrespetuoso que estaba con las manos al volante, que se había estacionado sobre el paso de peatones, violando la Ley de Tránsito. El overol amarillo, el que le identificaba como empleado de la Alcaldía de la Capital, no dejaba dudas y tampoco lo hacían sus gestos: el conductor debía retroceder y dejar libres las franjas, por orden de la Municipalidad y para bien de transeúntes. Y pasó lo que debe pasar: el sujeto que conducía no protestó, aceptó su error y retrocedió obediente.

Al cambiar la señal a verde, bajé mi ventana y aplaudí al joven de gafas oscuras, gorra negra y overol amarillo. El aplauso era para él… y para la Alcaldía

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