El componente moral

El componente moral


JULIO ESCOTO

El presidente Francisco Bertrand otorgó dos concesiones ferrocarrileras a las empresas fruteras, las que no publicó en La Gaceta; cuando en 1930 el Congreso mandó cobrar por la construcción de líneas férreas ilegales, el decreto fue retenido oculto por dos años; la concesión a las bananeras las hizo ricas desde el primer día, ya que les otorgaba millares de hectáreas por cada rumbo donde “iban” a construir la vía férrea; años después la empresa revendió esos mismos terrenos al Estado; y en vez de tender el tren de Atlántico a Pacífico, según compromiso licenciado, abrieron entre sus fincas ramales clandestinos; hubo un ferrocarril prohibido, que cruzaba territorio misquito, para aserrar y exportar caoba; Manuel Bonilla botó un gobierno con dinero y armas que aportó la Cuyamel Fruit Company, mientras que el General Gregorio Ferrera empezaba cualquier revolución que le contrataran las bananeras; en 1965 el presidente Oswaldo López prácticamente ¡pidió permiso a la Standard Fruit Co., para trazar la carretera a La Ceiba! ¿Qué rara especie de animales políticos ha gobernado esta nación?

Esas maldades del pasado se hacían, no obstante, con ocultamiento, les era imprescindible la secretividad. Pero hoy no, ahora al delito se anexa el cinismo, lo que es signo corrosivo no sólo del deterioro ético en que cayó la clase política sino, muy gravemente, la población.

El corrupto del pretérito –llanamente tildado pícaro– operaba frecuentemente en solitario y a proyecto alongado (metía la mano una vez por mes al presupuesto público, como aquel mandatario que cada 30 días se echaba a la bolsa la partida confidencial) o negociaba una comisión, un surplus por la carretera a ser construida o por las bastimentos pedidos, pero al presente se les titula “funcionarios que faltan a sus deberes”, que “abusan de la autoridad”.

El escarnio, la vergüenza, la obligada vindicta y mejor aun, la humillación colectiva –dígase claro, el rótulo de ladrón– han sido ecualizados a cuatro canales de disimulo, valeverguismo, banalidad e impunidad.

Eso es poco, empero, pues igual acontecen otros cambios tácticos en la postura delincuencial. No únicamente se roba sino que se anticipa, se anuncia el ladrocinio que va a ocurrir, lo que es la muestra, el símbolo más descarado de lo deshonesto. Dice un sabio que para engañar es imprescindible preconcebir antes el monto de engaño que el engañado puede soportar. En contenidos básicos, predeterminar cuán bruto o imbécil eres… Pues la dimensión de la mentira está en proporción directa al desprecio que te guardo. No me atrevería si no fuera así.

Y entonces propongo una “emergencia” energética ¡de 16 años!, una lluvia de decretos sin sustento acabando la temporada congresional, muchos de los cuales jamás aparecieron en La Gaceta, o si se hizo se la ocultó, caso de la represa de Nacaome.

O te invento la utopía de las ciudades gemelas, mediante las cuales secciono el territorio comunitario y lo vendo. O mejor, te ilusiono con un nuevo aeropuerto que no se necesita, al que para abrirlo hay que cerrar dos existentes, que cuesta seis veces lo que en otros lares, que no dejará el mínimo lucro en treinta años y que, por el contrario, debes sufragar.

De esas calamidades sólo existe un culpable histórico: el pueblo, por haberse dejado irrespetar de manera tan burda, por haber cedido y consentido tanto y por ser incapaz de hacer imperar la moral.

Si existieran los terodáctilos y viniera alguno y soltara su enorme y cacosa poneca sobre Honduras, los científicos dirán que la merece. Basta de tapujos, a decir sin disimulos la verdad.

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