ADORNO, CARETOS, PLEITISTAS Y CENICIENTAS

ADORNO, CARETOS, PLEITISTAS Y CENICIENTAS


Editorial La Tribuna
AHORA que el Parlamento Centroamericano va a cumplir 25 años de existencia, los países centroamericanos deberían reevaluar, seriamente, qué hacer con ese organismo regional. La gracia le cuesta a cada país miembro la bicoca de 2.5 millones de dólares anuales. Es la aportación religiosa que paga cada cual para su sostenimiento. De un presupuesto que se va en gastos de funcionamiento, pasajes y viáticos para innumerables viajes de delegaciones a dictar o a escuchar conferencias, los diputados se llevan la mayor tajada. Devengan un jugoso sueldo de $4,200 mensuales, por acudir a sesiones, donde discuten de todo sin que ello tenga trascendencia alguna. Pocos se enteran y a nadie interesa lo que discurre en esas misas sordas que no aportan nada a la integración centroamericana. Al Parlamento no le dieron facultades vinculantes y por lo tanto lo que resuelve a nadie obliga. No tiene efecto sobre terceros ni importancia alguna para los gobiernos de cada país. Los debates solo sirven para que los asistentes escuchen la melodiosa voz de los diputados que intervienen en estériles discusiones –mientras el resto de la concurrencia platica o departe en animosa francachela– que no conducen a nada.
No se nos vaya a mal interpretar. Nosotros somos integracionistas. Lo que cabe preguntar es si los gobiernos del istmo también lo sean. Debiesen serlo porque los bloques tienen mayor peso que la liviana influencia de cada país actuando en forma individual. Como decíamos ayer, Europa así se comporta con todo y que aquellos son países y no paisajes. Los asiáticos tienen su bloque. Igual los africanos y los suramericanos. Hasta en los negocios, los países petroleros han logrado extorsionar al mundo con precios exorbitantes del crudo, por medio de la OPEP. El compacto centroamericano es uno de los más débiles. SICA no actúa, como conjunto, digamos como lo hace la cofradía de América del Sur. Así las cosas, este bloque regional es más de palabras que de acciones, más de apangadas que resultados. La integración centroamericana quedó inmortalizada en los ideales de Morazán como una aspiración. Y se desintegró del todo en el velorio del Mercado Común Centroamericano. Estos países no entienden que de afuera los ven como bulto. Cuando el flujo masivo de niños y sus madres, procedentes de Centroamérica, causó una crisis fronteriza en los Estados Unidos –que atrajo la atención de los políticos y de las cadenas noticiosas– los jefes de Estado fueron invitados en grupo a la Casa Blanca. Allá les ofrecieron un Plan de la Prosperidad para el Triángulo Norte, con el fin de detener el éxodo de los que huyen de la violencia y de situaciones infernales en sus lugares de origen.
Ese Parlamento nació como experimento durante la sangrienta crisis política que azotaba a las naciones centroamericanas en la década de los 80. Procuraba obtener la armonización regional discutiendo sus problemas en forma conjunta. Como un foro donde concurrieran representantes de cada país para debatir sobre la crisis y proponer avenidas de solución. Pero nació castrado, sin capacidad de obligar a ninguno a adoptar las resoluciones. No le dieron facultades vinculantes. Costa Rica se excluyó arguyendo que el conflicto era revuelo de los demás países –de sus hermanos caretos– no de su culta democracia. Bien cómodos estaban solos, proyectándose al mundo como la Suiza de la región, distinta de los pleitistas y de las cenicientas. La vaina fue que, cuando años después, al fin lograron instalar el Parlamento, los líos violentos ya habían desaparecido o estaban en camino de arreglarse. Ya no había necesidad de discutir sobre el conflicto porque cada país fue encontrando ruta para resolver sus problemas internos. Unos por la vía electoral y otros con sus acuerdos de paz. Así que el foro se instaló extemporáneo. Pero como ya los presidentes habían convenido crearlo, dispusieron presupuestos, esperanzados que aquello para algo serviría. Sin embargo, después de tantos años de inútil contribución, el resultado está a simple vista. En las vísperas que se cumpla un cuarto de siglo de gastar dinero –que no le sobra a estas repúblicas acabadas– para tener un adorno tan caro, sería conveniente que los gobiernos vuelvan a replantear qué es lo que quieren hacer con eso. O le dan alguna utilidad o lo clausuran.

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