El precio de una persona

El precio de una persona

 


“Aquí no se paga por lo que se hace, sino por lo que se sabe”. Así rezaba el rótulo hecho con una crayola negra sobre un pedazo de cartón sucio y mal cortado que estaba colgado en una de las paredes de aquel negocio de talabartería donde acudí a que me realizaran un trabajo artesanal en cuero para un asiento. Llegué a ese negocio referido por un amigo.

El inmueble harto humilde; el trabajo en cuero, exquisito. Con el tiempo hice amistad con el dueño. Posteriormente he regresado varias veces solicitando la calidad de su trabajo.

Frecuentemente viene a mi memoria la imagen de dicho rótulo. De hecho trato a menudo de pensar en él. Me aseguro que no se me olvide. A simple vista parecía fuera de lugar en aquel sencillo negocio. Con el tiempo entendí perfectamente el mensaje de aquellas palabras.

Aquel hombre lo que estaba diciendo era que no lo juzgáramos por su aspecto ni por su humilde actividad. Estaba diciendo que la belleza y la calidad se llevan por dentro, aunque a primera vista no lo parezca. Que para valorar su trabajo había que conocerlo y darle una oportunidad. Que el trabajo dignifica, independientemente de cuál sea. Que la experiencia adquirida en el desempeño de esa actividad a lo largo de los años la llevaba por dentro, y la exteriorizaba en la belleza de sus creaciones. Que su trabajo era su vida, la que él había escogido, a la cual había tenido acceso, pero que en definitiva era la expresión de su persona y que representaba la manera de encontrar los medios para llevarla a cabo.

Por eso he tratado de no olvidar ese mensaje en aquel sencillo negocio artesanal. Y me maravillo al pensar ¡cuántas veces en nuestro trabajo hemos enarbolado ese mismo concepto! Y al igual que en esa humilde pared, es la misma verdad solo que vestida de otra forma, más elegante.

Lamentablemente en nuestro quehacer diario, en nuestro interactuar con los demás, cómo cometemos este error de dejarnos llevar por las primeras impresiones, y de entrada ponemos una barrera a las personas únicamente porque nuestro sistema de concepciones es distinto. Nos volvemos jueces infalibles y creemos que nuestra apreciación es veraz, única y universal. No nos detenemos a pensar que todas las personas tienen su propia verdad y que es completamente valedera para ellas, nos guste a nosotros o no.

Y tendemos a menospreciar el trabajo de los demás. Le restamos importancia. Máxime si su actividad es en una escala menor a la que nosotros realizamos. Llegamos inclusive a tasar económicamente su trabajo, como si tuviéramos el derecho de ponerle precio a su tiempo, a su creatividad, al trabajo en el cual pone su empeño y que le sirve para llevar el sustento a él y su familia. Frecuentemente los llegamos a menospreciar como si su vida fuera menos importante que la nuestra. El avasallar personas como que nos da poder. Y nuestro ego se exalta y nos anima a seguir adelante en nuestra cruzada de autoengaño y vida miserable.

Pensamos que nosotros sí tenemos todo el derecho de enarbolar ese mensaje, y en nuestra magnificación del ego llegamos inclusive a hacer la prestación de nuestros servicios inaccesible a un grupo de personas porque no tienen la capacidad económica de comprar dichos servicios.

Le ponemos precio al trabajo de los demás y nos volvemos sus patrones. No permitimos que otros nos pongan precio, pero si tienen las posibilidades de pagar nuestros servicios nos volvemos sus empleados. No caemos a la razón que nosotros también tenemos un precio. Pero en el quehacer diario lo olvidamos. Nos convertimos en jueces infalibles, y nuestro ego... nuestro ego por momentos grita y cuando le conviene calla.

Ese día en aquel taller de artesano en cuero encontré una fina combinación de creatividad, experimentado trabajo manual y gran calidad de acabado.

Pero más que eso, encontré la imagen perfecta para guardar en mi memoria, sobre la grandiosidad del desempeño humano, y el respeto por el trabajo de los demás.

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