Para no perderlos

Para no perderlos


Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

Tras una serie de escándalos que han sacudido a la sociedad hondureña, en los que los protagonistas siguen siendo líderes políticos y empresariales, uno no puede dejar de preguntarse qué es exactamente lo que está pasando en las biografías de esos personajes que han conducido los destinos de nuestra nación. Desde luego, la gente con cierto nivel educativo, sigue achacando a una tal “pérdida de los valores”, la causa indiscutible de la perversión que exhiben nuestros insignes cicerones, sin imaginar que buena parte de la podredumbre valorativa de nuestra clase dirigente se ha enquistado en el alma nacional como un modelo axiológico que corre paralelo al bien universal y absoluto que aprendimos en el seno familiar y reforzado en gran medida por los dómines de aquella escuela de antaño que ahora permanece silenciada en el sarcófago de los recuerdos.
Todos los hombres y mujeres del buró político y de las cámaras empresariales que ahora tercian en las filas de “los más buscados y requeridos”, cuando no -en escasas ocasiones-, sentenciados, tengo la certeza que tuvieron una vida plena en lo familiar, ubérrima en ejemplos y patrones conductuales en los que las recomendaciones, advertencias y sermones sirvieron para esculpir buena parte de la constitución ética de aquellos seres que un día torcieron sus vidas para adentrarse en el engañoso mundo de la abundancia material y del prestigio social, procurando quizás, lo que Maslow denominaba en su teoría de las necesidades como “el alcance de la autorrealización personal”.

La pedagogía servida por las instituciones primarias –al decir de los sociólogos-, entre las que se cuenta la familia misma, la iglesia y la escuela seguramente debieron calar en el alma de esta estirpe de funcionarios a quienes estamos acostumbrados a ver en los medios de comunicación cual estrellas rutilantes del “jet set” nacional o quizás como alegorías del mismísimo Hollywood. Y después sucede lo peor: el esquema familiar que había sido cincelado en el alma del infante, en el que se enlistan, el bien, la bondad y la rectitud, se vienen a pique. Entrada la adultez, los símbolos heredados a guisa de un patrón paterno, son sustituidos por otros que los individuos mismos se encargan de aprehender como nuevos valores que servirán nada más que para fines egoístas, protegiendo o asegurando la supervivencia familiar por una o más generaciones. El hombre que piensa –decía Rousseau-, es un animal depravado.

En realidad, la familia nos cría y nos educa para hacer frente a cierta etapa de la vida, pero la parte complementaria que tocaba hacer a la escuela, no aparece por ningún lado. Y no aparece porque educar y enseñar no es lo mismo: se educa para transformar y volvernos menos animales y más humanos; y ahí van implícitos los valores del bien y la bondad. En el cúmulo de conocimientos que nos obsequia la escuela, no se refuerzan aquellos valores auspiciados por nuestros progenitores. En otras palabras, la academia no garantiza la forja moral de los individuos.

Entre el carterista y el que acepta sobornos o comete fraude en perjuicio del Estado, solo existen diferencias crediticias o nobiliarias. Tanto el “déclassé” como el de cuello blanco rompen el esquema valorativo contenido en las leyes que aseguran el respeto, la propiedad privada o la vida misma. Ambos rompen la normativa moral que dicta lo que se considera “bueno” y legal para una sociedad. De hecho, el funcionario metido a delincuente, representa el nuevo ícono de movilidad social para miles, sino millones, de seres alrededor del planeta para quienes el tortuoso camino del emprendedurismo es cosa de tontos, y la vida, según ellos, es demasiado corta como para malgastarla esperando años por el éxito.

Es seguro que los escándalos proseguirán, en tanto la sociedad no defina la moral que deberá primar en las instituciones públicas y privadas y se engarcen los valores y principios que habrán de encadenarse entre la familia y los ámbitos sociales de toda suerte. Y, por otro lado, debemos asegurar que la justicia hondureña embaldose ese delicado y no menos inextricable camino que obligadamente debemos transitar para no seguir perdiendo a nuestros hijos una vez que dejan el lecho familiar y se dediquen a tomar las riendas de las instituciones de la sociedad.

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