Propietarios y borregos



Propietarios y borregos

Por Juan Ramón Martínez

La mayoría de los hondureños, no sienten que estamos viviendo una crisis desde, por lo menos, 1998. El paso del Mitch, exhibió nuestras debilidades estructurales, nos quitó el poco orgullo que nos había quedado y le dio, contradictoriamente, al gobierno y a los políticos, un papel destacado para el cual no tenían –ni tienen y tendrán– capacidad para desempeñarlo. La población se volvió más inconsciente y la clase política –palabra que no me gusta; pero que se entiende, objetivo de la comunicación– más cínica, desvergonzada e hipócrita que nunca antes. No es que de repente los políticos se volvieron malos, inconsecuentes y antipatrióticos. La mayoría de ellos lo han sido desde el principio de los tiempos del Estado y de la República. Lo que ha ocurrido es que los medios de comunicación, especialmente la televisión, nos han colocado ante los ojos a los políticos, tal como Dios los echó al mundo: desnudos, con sus vergüenzas al aire, con sus defectos humanos ampliados y su falta de respeto con los electores, en forma que solo los más cerrados de inteligencia no pueden ver. Porque de algo que, no se les puede acusar a los políticos, es de engañarnos. Siempre han sido transparentes en su falta de compromiso con los electores, con el sistema democrático, con la nación y con la felicidad de los hondureños.

Somos nosotros los que, nos hemos resistido a evaluar y controlar a los políticos, calificar su incapacidad para resolver los problemas, su incompetencia para darnos confianza de su capacidad en la defensa de los intereses nacionales, su irrespeto con respecto a los principios democráticos y su resistencia a aceptar que, residiendo la soberanía en todos los hondureños, tenemos el derecho de ser escuchados, atendidos con interés, para conocer los grados de satisfacción por su gestión. Y la capacidad y la fuerza para castigarlos como sirvientes legítimos nuestros. Hasta el grado de desalojarlos del poder, encarcelarlos y deportarlos para que la justicia de Estados Unidos les imponga los castigos que ellos temen.

Es decir que los políticos no nos han engañado. Somos nosotros los que con complejos sectarios, nos hemos negado a ver lo picarillos que son, los ladronzuelos irredimibles de barrio y lo irrespetuosos, cuando no hacen lo que desea la ciudadanía en general, sino lo que a ellos les da la gana. El que la mayoría de los diputados del Congreso Nacional, se niegan a aceptar que son nuestros mandaderos –expresión que los abogados han hermoseado con la palabra mandatarios– no es cosa de ahora. Los diputados han tenido, en el cercano pasado, un comportamiento similar. En 1923, su incapacidad para el acuerdo y el cumplimiento de sus deberes, provocó la guerra civil de 1924. En 1954, en vez de pensar en el país y en su pueblo, que los había votado para constituir al Congreso, dejaron de asistir a la instalación del mismo para provocar la dictadura de Lozano Díaz, facilitar el continuismo “pumpunero” y abrir las puertas al militarista, excresencia surgida de la mezcla de la suciedad “cariísta” y las ambiciones de hombres mediocres encabezados por López Arellano, al cual los liberales, elevaron a las alturas de una co-presidencia que fue la base de la caída de Villeda Morales y de la guerra que en 1969 libramos contra El Salvador. Y los nacionalistas, hicieron presidente y héroe de la patria.

Que digan Zelaya y Nasralla, que son los dueños de sus partidos y que los diputados son sus sirvientes domésticos, no es una mentira; ni mucho menos un engaño. Zelaya trata a los suyos como su padre a los ordeñadores de sus haciendas. Y Nasralla los grita y los vigila, como dependientes de una pulpería suya, con una vulgaridad nunca antes vista. Se cree superior, el único limpio y honrado. Su autoritarismo es, incluso, risible. Está convencido que puede robarnos a la juventud para pervertirla. Ni Zelaya ni él, se esconden. Actúan públicamente. Los irresponsables somos nosotros –más que ellos, visceralmente descontrolados– los que, desde el principio, aceptamos que los descendientes de los conquistadores, encomenderos e inmigrantes, nos traten como borregos. Dejando que se repartan las vestiduras de la República. Y amenacen a la Constitución. En nuestra cara. Sin que tengamos el valor de echarlos del templo.

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