Llena de pus la Policía Nacional
Llena de pus la Policía Nacional
OCTAVIO CARVAJAL
Pese al combate frontal al crimen organizado y el encierro de exservidores públicos bandoleros, nos apresa el nivel de corrupción tolerados desde los más altos cargos estatales. Oír de viva voz de un oficial de la Policía que se va del país por amenazas a muerte provenientes de “compañeros” es un grave soplo que pasó inadvertido.
El comisionado Leandro Osorio, jefe de la Policía Nacional en la zona norte, develó una vez más el extremo del pus en mandos policiales y castrenses. Sin tapujos, Osorio declaró que un exjefe militar urdió la trama para su forzosa salida “engañando al Presidente” por arrestar a dos oficiales de las Fuerzas Armadas implicados en la muerte de unas personas.
Sus declaraciones, lejos de sorprender, atemorizan. Nos dejan profusas dudas de que no existe la presunta y presumida limpieza de la Policía Nacional que, según el quejoso, sigue secuestrada por grupos delictivos en complicidad con sus cabezas. Que un superior asegure que nada de lo dicho es un “chisme” y que su director Héctor Iván Mejía “sabe todo” es para encender las alarmas del 199.
Empero, de forma curiosa, y pese a sus delicadas afirmaciones, ninguno de la cúpula Policial ni Militar lo ha rebatido. Dejó entrever que su “desgracia total” fue haber capturado dos policías motorizados que asaltaron a unos cambistas de dólares para robarles 570 mil lempiras recuperados bajo su mando en San Pedro Sula.
Habló de “estructuras criminales, robustecidas”, hartas con su accionar que habrían pedido su despido. Como premio de consuelo le ofrecieron un cargo diplomático en Centroamérica, peligroso para su vida debido a los brazos del crimen organizado. Hasta el momento, ningún organismo de derechos humanos ha otorgado o pedido protección para Osorio.
Nadie en la Fiscalía investiga de “oficio” la cuerda acusación del comisionado general, quien con su canto reafirmó la pudrición en la Policía Nacional. De comprobarse sus revelaciones, no cabe ninguna duda de que hay un macabro mando policial que ordena quebrar estorbos y soplones. ¡Dios nos ampare de malvados!
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