EN NOMBRE DEL PUEBLO
EN NOMBRE DEL PUEBLO
Editorial La Tribuna
AL pobre pueblo pobre lo que en realidad le interesa es el trabajo, su comida, sus ingresos, su salud y su seguridad. Sin embargo en el teatro paralelo, donde los políticos mantienen función seguida desayunan, almuerzan y cenan política y duermen soñando con las mismas babosadas– de las aflicciones reales del pueblo es de lo que menos se platica. El pueblo es para no entrar en el desvarío de los que hablan como si este les perteneciera los varios millones de hondureños que habitan el país, a lo que se le puede sumar el abultado número de compatriotas que se fueron huyendo al exterior, en gran medida, porque aquí no encontraron ni trabajo, ni comida e ingresos suficientes, ni salud, ni amparo, ni abrigo. Sin embargo, a muchos de esos políticos de oficio y a los de reciente cuño, no se les quita ese feo resabio que tienen de hablar en nombre del pueblo.
¿De dónde sacan que el pueblo sea el puñado de simpatizantes agrupados en determinado bando sectario –unos más bulliciosos o furiosos que otros, incluidos en eso los fanáticos empedernidos que pasan insultando, atacando, inventando papadas para descalificar, destilando odio por las redes sociales (divertido que sin haber mencionado a nadie fulanita o menganito se dé por aludido) cuando el pueblo es la suma de todos los que pertenecen a los distintos partidos, más los que no quieren saber nada de ellos; los incoloros, los independientes, los indecisos, los neutrales, los indefinidos, los indiferentes, los arrepentidos, los vacilantes, los confundidos, los antisistema, los boca abierta, los paniaguados, los renegados, en fin, toda esa nube densa de gente que ahora es mayor a cualquier partido político. Aquí el término pueblo es uno de los más manoseados. En su época de éxtasis las dirigencias magisteriales que pasaban más en las calles que en las aulas, llevaban a sus prosélitos a repetidas movilizaciones, creyendo que eso era el pueblo, hasta que se rebelaron los padres de familia, se fastidiaron los propios maestros por la politización del gremio y se cansaron los estudiantes de la mediocre educación que recibían, y los dejaron solos con sus consignas. Igual se decía en las fiestas patrias, que el pueblo andaba en aquellas marchas paralelas de los bloques, hasta que pusieron orden en el sistema educativo y padres, madres, abuelos, parientes, profesores, directores, alumnos de escuelas, institutos, colegios, uniformados, civiles, mirones, empleados públicos y demás patriotas agarraron ruta al estadio Nacional, a rendir tributo cívico a los próceres incluyendo a Morazán que a todos pertenece a los símbolos nacionales, a nuestros ilustres antepasados; nada que ver con quemar incienso a los compañeros de viajes de otros países, que nada tienen que ver con el amor a la Patria hondureña. A propósito, en Venezuela, los que hablaban en nombre del pueblo, en las últimas elecciones se quedaron con apenas un 23% del electorado contra un 67% del pueblo que fue a votar en su contra para que nadie se equivoque; ya que el pueblo es todo, no solo un manojo de seguidores. La autocracia en un inicio tuvo respaldo popular, sin embargo hoy, con el caos que han hecho del país, quedó reducida a una escuálida minoría.
Así que al pueblo hay que tratarlo con mayor respeto. Porque el pueblo son los trabajadores y el batallón de desocupados, los burócratas, los patronos, los adoloridos empresarios, grandes, medianos y pequeños, los comerciantes que ya no aguantan tanta carga que les encaraman y también son los pocos que siempre ganan, son los agricultores, los campesinos, las amas de casa, las empleadas domésticas, los mercaderes, las madres, los padres y sus hijos que profesan distintas creencias políticas o que no tienen ninguna, los profesionales, los artistas, los artesanos, los policías, los militares, los ciudadanos honrados y hasta los léperos, los del gobierno y los de las sociedad civil que dicho sea de paso todo lo que no es parte de la estructura gubernamental, no solo las ONG, es sociedad civil, los periodistas, los editores, los intelectuales y los que nada leen, los cibernautas, los hipnotizados que pasan prendidos en sus aparatos digitales, los indignados, los conformes y los que les vale, en fin, la lista es larguísima, por lo que nadie a menos que la arrogancia sea tan inmensa o el conocimiento tan limitado puede hablar en nombre el pueblo.
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