Camino a ninguna parte

Camino a ninguna parte


Por: Juan Ramón Martínez.
Está aumentando el nerviosismo y la ansiedad. Se sienten las secuelas de la elección de la Corte Suprema por el Congreso. En vez de acometer los problemas de impunidad, por falta de respuesta de los juzgados, se lucha por los nombramientos del personal. La UNAH prepara una nueva Constitución, que nadie le ha pedido. Y Orellana afirma, repitiendo a Chávez –que jamás estudió Derecho– que la Constitución de 1982, está muerta, es decir que ha desaparecido el estado de legalidad. Por otro lado, el gobierno continúa en sus acciones inconexas, mostrando más un talante de un partido en campaña, que una organización dispuesta a hacer los cambios que requiere el país. El descontento está creciendo, silencioso, en muchos sectores. La pobreza sigue aumentando, proporcionalmente. La inseguridad, por más que los números digan lo contrario, golpea la cara a la gente con enorme facilidad. Los medios de comunicación llevan los cadáveres a las mesas familiares, para que sepamos todos, que hay que tener miedo, prevenir y aprovechar todo; sin pensar en el futuro, porque aquí, nunca se sabe. El crimen de Berta Cáceres y las masacres, son el postre diabólico.

La alianza de la gobernabilidad entre el Partido Liberal y el Partido Nacional, está muy agrietada, amenazando con romperse. Peligrando la paz del país. JOH, que anunció que cambiaría de equipo gubernamental, sigue con los mismos, “actores” en la sombra, presentando resultados que solo ellos pueden contar. Los partidos anti sistema, –PAC y LIBRE– continúan con sus planes anárquicos, afectados por severas debilidades, originadas en la crisis de liderazgo, expresiones caudillistas y totalitarias, ausencia de procedimientos democráticos que permitan la participación de las bases en las decisiones partidarias. Tanto en el uno, como en el otro, se irrespetan los derechos de libertad e independencia de los diputados, sometiendo a los que no comparten esas prácticas autoritarias, a medidas inquisitoriales, propias de la Edad Media. Y para complicar las cosas, el TSE –que por momentos no se sabe si está de lado de la democracia representativa liberal– viola la ley, al permitir que partidos que no alcanzaron los mínimos establecidos, sigan en el escenario político. Solo para hacer bulto, permitir el dominio de las mesas electorales y, continuar con el mercadeo de las credenciales. Y en el fondo de todo, el rumor de la reelección presidencial, sin que el Congreso, defienda su derecho exclusivo de reformar la Constitución. Al lado, la lucha en contra del narcotráfico, sin medidas sustitutivas en la creación de empleo, para que el ganarse el pan, no sea por los atajos de la ilegalidad. La gente sigue emigrando. Y los Estados Unidos, repite el juego de la zanahoria, alimentando la esperanza que si le ayudan con el encarcelamiento de los narcos, les puede permitir lo que quieran. Y en el otro extremo, el descontento y la inseguridad en el interior de la Policía, las Fuerzas Armadas, que se traducen en huelgas y otras expresiones de desobediencia (Nasralla, twitter) que, no son del conocimiento de todos. Pero que lo olemos. Se siente en el aire.

La impresión generalizada que se obtiene de este caos de elementos negativos, es que no buscamos el crecimiento de la nación, la honra de Honduras y la libertad y seguridad de todos. Proyectamos la imagen que los objetivos nacionales, poco definidos pero necesarios e inevitables, van por un camino tortuoso, mientras los hondureños, cruzados de brazos, estamos paralizados al borde de ese camino. Pero algunos kilómetros atrás. Es decir que, el país pareciera que se dirigiera solo, juguete de los vientos y víctima de los que desde la orilla, se aprovechan de los fragmentos del edificio nacional, para sus fines personales. Ortega y Gasset, escribió refiriéndose a los argentinos –según Jorge Lanata, en la “Década Robada”– que, “casi nadie está donde está, sino por delante de sí mismo y desde allí gobierna su vida de aquí, la real, presente y efectiva… el argentino no tiene más vocación de ser el que imagina ser, con lo que vive entregado no a una realidad sino a una imagen”. Tiene un ego altísimo.

Los hondureños, por el contrario, no tienen visión de futuro. Tampoco el pasado les interesa. Están fuera de la realidad, convertidos en un juguete de las circunstancias. Con la autoestima, por los suelos. Bajo cero.

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