Ese cáncer que nos corroe
Ese cáncer que nos corroe
Roger Martínez
Desde que tengo uso de memoria, es decir desde hace casi cinco décadas, he oído decir que uno de los mayores obstáculos que ha tenido el desarrollo nacional ha sido el cáncer de la corrupción. También durante décadas, los hondureños parecíamos acostumbrados a ser testigos de vidas podridas, (que ser corrupto es estar podrido,) y no faltaba quien se jactara de ser amigo de algún sinvergüenza, por el brillo social que lo rodeaba, porque solía ser algún alto funcionario o porque su cercanía significaba disfrutar de alguna ventaja material.
Es más, hasta hace muy poco, aunque ya no cabía duda de las múltiples manchas morales que padecía algún personaje del mundo de la empresa o de la política, todos nos hacíamos de la vista gorda y sonreíamos con cierta benevolencia cuando se expresaban dudas sobre el origen poco transparente de sus riquezas y manifestábamos complacencia con sus gestos o con sus palabras. Pienso que, en el fondo, una mezcla de envidia y de admiración por el tren de vida que esta gente llevaba impedía que se les señalara públicamente o se denunciaran sus hechos censurables.
Como decía don Francisco de Quevedo y Villegas: poderoso caballero es don dinero. Y, como la mayoría de nuestra población ha vivido de nuevo durante décadas en el límite de la indigencia, se produjo en algún momento un desgarre ético que convirtió el latrocinio en una aspiración “legítima” y la corrupción en un “derecho”. De ahí que los sobres, las comisiones, los acuerdos debajo de la mesa, los porcentajes exigidos en contratos y compras, los regalos por conceder un empleo o por una recomendación se convirtieron en parte del paisaje y se despojaron de su naturaleza perversa hasta devenir en un nuevo “valor”. Así, para poner un ejemplo, los que financiaban las campañas políticas pedían a cambio por lo menos un consulado o un ministerio o un juicio corto con veredicto de inocencia garantizado en el caso en el que el mal olor del acto putrefacto llegara al olfato de algún fiscal o juez que se atreviera a prestar oído a una denuncia.
Así, familias enteras han vivido de espaldas a la realidad, más de una generación ha tenido el bolsillo en Honduras y el corazón en Miami, cientos de hombres y mujeres han visto al país y a su gente con desprecio y su única aspiración ha sido irse algún día a disfrutar del primer mundo mientras a los “indios” nos lleva quien nos trajo. Con todo lo que se robaron se dejaron de construir escuelas, caminos, hospitales... muchos murieron por falta de medicamentos y otros se fueron al norte a buscar mejores horizontes.
Dicen que con la Maccih las cosas van a cambiar, que se va a extirpar el cáncer que nos está matando. Ojalá y sea cierto, porque la patria está en cuidados intensivos.
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