EL “DERECHO” Y EL “REVÉS”

EL “DERECHO” Y EL “REVÉS”


Editorial La Tribuna

CUANDO asumíamos que la cátedra impartida en el campus universitario abordaba la materia jurídica, por lo que el debate oscilaría en torno a la doctrina del Derecho Constitucional –después de dedicar varios escritos a la defensa de la Constitución sustentados en el versado conocimiento de los expertos– la liebre salta por otro lado. Los valencianos –quizás sintiéndose desahuciados por llevarle la contraria a connotados tratadistas– salen con la genial idea de cambiar el tema para que se hable de otra cosa. Insólito. Hasta ahora nos dicen que no es derecho lo que examinan, sino el espíritu de contradicción. Es decir, la forma como las leyes deben ser moldeables al nocivo capricho de autócratas, a la conducta chueca, a las actitudes ruinas de quienes dispongan atropellarla contrapuesto a que la gente las cumpla y las respete. Así como llegan aquí con espejitos a engatusar catedráticos usualmente inteligentes –por esa idolatría equivocada que hay a lo de afuera– tal vez quieran sugerirle a sus compatriotas en la madre patria, que para resolver el impasse en que están metidos, sin que puedan conformar gobierno por la terquedad de grupos, y el lío de los que abogan por la separación de Cataluña desintegrándose de España, lo que ocupan sea una nueva Constitución. (Así fundiendo pedazos de otras constituciones “modernas” con tucos de la nueva de los vascos y catalanes y la vieja española, armen la hondureña que tienen en cartera.)

“No hay forma de modernizarse –concluyen– sin violar la Constitución”, por lo que esta debe ser abusada repetidamente. O sea que al violador hay que cambiarle la víctima cuando ella se resiste –aunque de todas formas la deshonre hasta saciarse– y buscarle vírgenes más consecuentes con el ultraje a que van a ser sometidas. Para que cada vez que fuerce a otra, le traigan una nueva. No es cosa de sancionar al sádico –o a los que cometen tales tropelías– sino dar aquello como “costumbre aceptada”; considerar que la ultrajada ha “perdido legitimidad” por lo cual es preciso descartarla, ya que “ello induce –eso alegan–, a más violaciones”. El remedio –aconsejan los valencianos– no es hacer a los delincuentes responsables de las afrentas, sino proveer una dama virtuosa, de primer hervor, al desquiciado, a ver si así cambia su mala costumbre de violar doncellas. Ya ven, no es doctrina del “derecho” la que imparten, sino del “revés”. Justificarle al niño que se tira al suelo y arma una rabieta para que lo chineen, que la disciplina es lo que hay que cambiar no su reprochable comportamiento. Predicar que las normas de conducta y aspiraciones que la Constitución deslinda a la sociedad para que pueda superarse, deban someterse a los enrevesados antojos de irrespetuosos, de anarquistas, de chúcaros indomables. Y si estas pautas no se subordinan al desorden de los irreverentes, hay que cambiarlas. Continuar con la anticultura de preferir lo ajeno porque lo extraño merece confianza, mientras se encargan de demoler cualquier residuo de autoestima, despreciando el valor nacional hasta descalificarlo por inútil y sospechoso. Predicar la ilusión de los espejismos. Que los pueblos se levantan de su postración con el solo plumazo de derribar su marco jurídico fundamental, porque algo adentro a alguien le estorba, echándole la culpa a ello de todo su atraso.

Cuando la historia demuestra que nada se obtiene de pasar con la boca abierta mirando las nubes como si el progreso y el bienestar van a ser milagro caído del cielo. Como si la salvación dependiera de cambiar un pedazo de papel escrito –que solo contiene normas de conducta y aspiraciones– por otro dizque moderno. Desconociendo que el despegue inicia por un entrañable amor a la patria, al futuro de los hijos, no en justificaciones pueriles, echando culpas a una Constitución, para esconder responsabilidades. Teniendo fe en uno mismo, en el trabajo que redime, en el sacrificio de hoy para conquistar mañana cosas mayores, en el ahínco que ocupa toda faena, en el deseo de distinguirse, la voluntad de remontar distancias, en el tesón de no claudicar frente a la adversidad, en desatarse de los atavismos que nos mantienen anclados, en el liderazgo que conduce, en la educación que rompe las cadenas de la ignorancia, en las ganas de triunfar y en el propósito de hacer de todo ello compromiso colectivo. Así que dejen de inculcar disparates, como ese que la Constitución sea lo que impide el avance de la población –cuando mucho de su contenido son enunciados, anhelos, garantías, aspiraciones, sueños plasmados vislumbrando la prosperidad del país y el bienestar nacional– bajo el presuntuoso afán de suplantar la voluntad del pueblo, haciendo creer que el proyecto de tesis de una maestría que imparten sea un servicio inconmensurable a la sociedad. Si las lecciones que juristas deberían dar a los alumnos es de respeto a las leyes. No que si alguien la viola hay que enterrarlas. Como decíamos ayer, la Constitución no es la culpable que las cosas anden bien o mal. Es la gente la que acelera, atrasa, impide, permite o motiva el avance de las naciones.

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