La infelicidad de los hondureños


La infelicidad de los hondureños

JOSÉ ADÁN CASTELAR

Que los hondureños no somos felices se nota en las calles, en las oficinas, en las casas, en todas partes. Las Naciones Unidas nos ubican como los más infelices de América Latina de acuerdo al Informe de la Felicidad 2016, que toma en cuenta las sociedades más saludables y eficientes.

Frágiles como somos, el ambiente agresivo y las pocas posibilidades de mejorar nos hacen vulnerables y desdichados. Sentimos que la muerte nos acecha a diario, y nos asfixia la insoportable iniquidad, la frecuente injusticia, la hostilidad del gobierno y la calamidad económica. Recordamos que el Banco Mundial nos colocó como el país latinoamericano con mayor desigualdad.

Aunque la felicidad es subjetiva y depende del logro de objetivos y deseos de cada persona, no hay duda que el entorno socio ambiental es determinante, como lo estudió la filosofía: Aristóteles defendía que ser feliz es alcanzar las metas propias, “autorrealizarse”; los estoicos creían que basta con valer por sí mismo, sin necesitar de nadie ni de nada, ser autosuficiente y aceptar una existencia determinada; y más intenso fue Epicuro, que unió la felicidad con el placer intelectual y físico, evitando el sufrimiento; y contra eso Nietzsche consideró que el ser humano está condenado al sufrimiento, que no nació para la felicidad.

Algunos logros personales que normalmente patrocinan la felicidad pueden chocar contra la realidad aplastante: un título universitario con el desempleo, un trabajo con los malos salarios, una casa con una hipoteca impagable, un bebé con los precios altos, hasta un celular caro con los asaltantes en las calles. Esto conduce a la frustración, al estrés, a la depresión y a otros trastornos psicológicos.

¿Tiene que ver el gobierno con todo esto? Claro que sí. El gobernante es responsable, por ley, de la seguridad de los ciudadanos, la incentivación del empleo, la regulación de los costos de la vida y la redistribución de los ingresos y, sobre todo, de promover la cohesión social. Honduras es el más infeliz de América Latina, mientras que Costa Rica es el más feliz. ¡Qué cosas!

Toda esta situación cierra un círculo horroroso, porque la persona bajo un estado de felicidades es capaz de realizar varias actividades con creatividad y buena voluntad, tiene una actitud positiva; en cambio la persona infeliz es negativa y tiene dificultades para obtener éxito, aunque las condiciones sean favorables. Está claro que las personas felices son mejores empleados, mejores profesionales, mejores vecinos y mejores ciudadanos.

Probablemente el sistema límbico, esa parte del cerebro que procesa las emociones, se disloca frente a la realidad de los hondureños, tratando de dar respuestas veloces y constantes a tantos sobresaltos que van desde el miedo, la ansiedad, el hambre, la sobrevivencia, la ira, la frustración, el desánimo; y se mezclan las emociones complejas como la gratitud, el enamoramiento, la satisfacción o la generosidad. Tratar de desarrollar aquí la inteligencia emocional es un desafío impresionante.

No es una casualidad que los ciudadanos de Dinamarca sean los más felices, según el informe de la ONU; le siguen Noruega, Suiza, Holanda y Suecia, donde la desigualdad social y económica y la violencia tienen menos espacio. Tampoco es casualidad que los últimos puestos mundiales sean para Burundi, Ruanda, Afganistán, Togo, Siria y Tanzania.

Esto cambiará cuando los hondureños logren desalambrar su cabeza y, entre otras cosas, escojan a gobernantes más interesados por la población que por sí mismos, cuando la corrupción no sea normal, el desarrollo sea compartido, la impunidad sea historia y la felicidad una obligación.

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