SENSACIONALISMO

SENSACIONALISMO



NO salen de la forma superficial en que se abordan los sensibles males que aquejan al país. Cuando no se quiere llegar a la raíz del problema, lo más cómodo es coger el rábano por las hojas. ¿El temor en la ciudadanía por los actos de violencia es porque la prensa informa sobre estos pavorosos acontecimientos o porque se sabe y se ve que ocurren en la realidad? Hay dos formas de enfrentar las cosas. Una es mostrando lo que sucede para que la autoridad actúe y la sociedad tome conciencia de la gravedad y la otra es esconderlos –o minimizarlos– para hacerse la ilusión que ello no existe. “Ojos que no ven corazón que no siente”. ¿Si exponer la cruda realidad de los flagelos que azotan al país impacta demasiado, porque se trata de escenas feas que no se quieren ver, entonces la solución al problema es silenciarlas, matizarlas, maquillarlas e ignorarlas? ¿Como si negándolo el mal va a desaparecer?

No es justificar tampoco que no deba haber parámetros de urbanidad en la cobertura de la información. No se trata de ensañarse o presentar la noticia chorreando sangre. (Este periódico intenta la mesura y el equilibrio. Cubre las desgracias, los logros, las capturas y los avances). No hay nada bonito en los actos despiadados de violencia. (Aunque eso sea lo atractivo para cierto público de películas, videos y telenovelas). Pero no hay que confundirse creyendo que si de repente se esfuman los hechos sangrientos de las noticias –escondiéndolos para complacer el “fino paladar” del auditorio– la violencia o el miedo en la ciudadanía vaya a desaparecer. No se informa, pero el hecho siempre ocurre. Si la idea es no asustar a nadie ya que el temor dizque congela a las personas y evita que activen normalmente, ¿cuál sería la solución? ¿Actuar y tomar medidas para que los brutales crímenes no ocurran o no informar sobre ellos? Lo fácil –si no se quiere hacer lo primero– es lo segundo. ¿Echar la culpa a los que difunden la noticia creen que vaya a evitar la carnicería? ¿Qué sucedería si no hubiera presión de la opinión pública en quienes tienen responsabilidad de resolver el problema? Ahora, sobre este mismo tema de competencia por audiencia. La violencia no es inducida por cobertura de noticias. Informar solo es un efecto subsidiario en una democracia que goza de la libre expresión. Las raíces del problema son otras. Tan profundas que lo cómodo es evadir analizarlas. Y si se trata de tocar solamente, ya no la verdadera esencia del complejo comportamiento criminal, sino aspectos de imágenes, hay otras consideraciones mucho más lesivas.

¿El afán de imitar –de parte de los grupos delictivos– es influenciado por esos programas de narcos donde glorifican a los carteles de la droga y hacen estrellas de los mafiosos? Muchos dirían que sí. Eso y la música de alabanza de narcos es lo que debería preocuparles. ¿Y para qué lo muestran? ¿No es para ganar audiencia? La foto de una barbaridad no se traduce a que hagan eso, sino todo lo contrario, a que miren la brutalidad que se ha cometido. Para que nadie la quiera imitar. La narrativa ensalzadora en una serie idolatrando delincuentes es otra cosa. (Este rotativo respeta la política informativa y de entretenimiento de otros medios. Aunque discrepásemos, lo pensaríamos dos veces exhibir en portada la razón social o el logo para ilustrar una contrariedad. Pero si insisten en buscar van a encontrar). No solo el miedo es lo que detiene. Es ese constante hostigamiento a la unidad nacional lo que hace trizas la posibilidad de levantar cabeza. Eso de atizar enfrentamientos, exacerbar los ánimos, explotar el odio entre grupos contrarios de la sociedad, porque al público le gusta el choque y genera audiencia, le roba a la nación toda su posibilidad de progresar. A ningún lado se va con una comunidad bifurcada en varios pedazos, mientras animadores del espectáculo azuzan la división. Deteriorando la mayor fuerza con que cuenta un país para enfrentar sus gigantescos desafíos. Ello es la unidad como nación. La tolerancia y los acuerdos para la convivencia armónica de su pueblo. Inflamar las diferencias entre los bandos –por sensacionalismo– en vez de apelar a los objetivos comunes y metas compartidas, es dañino al interés nacional.

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