Los avatares de Casandra

Los avatares de Casandra

Por: Julio Raudales
Una de las más fascinantes historias de todos los tiempos es la mitológica guerra de Troya relatada en la Ilíada. Todo comenzó cuando París raptó a Helena, esposa del rey de Esparta. Bajo las órdenes de Agamenón y después de sitiar la ciudad de Troya durante nueve años, los griegos construyeron un gigantesco caballo de madera, presentándolo a los troyanos como regalo mientras simulaban su retirada.

Pese a las advertencias de la profetisa Casandra, los troyanos aceptaron el obsequio. Una vez adentro de los muros de la ciudad, los soldados salieron del interior y así lograron abrir los portones y, con todas sus fuerzas reunidas, destruir y saquear la ciudad.

Pero ¿quién era esa tal Casandra a la que los troyanos desatendieron y con ello pagaron el alto precio de la derrota?

Dice la tradición homérica que la susodicha era una princesa a la que el dios Apolo le concedió el don de la adivinación a cambio de sus favores. Sin embargo, cuando la chica desairó al divino truhán, este enfurecido la maldijo diciéndole que nadie creería en sus vaticinios, así que para su desgracia, ningún troyano tomó en serio a la profetiza.

La magistral obra de Homero está de actualidad. Y no lo digo por la película de Brad Pitt. Lo digo porque pienso en la inefable Casandra cuando veo la forma en la que la sociedad trata a mis colegas los economistas.

En efecto, por alguna razón la gente ve a mis colegas como videntes del futuro y de todos los misterios del universo. Me causa mucha gracia escuchar a los conductores de programas de radio y televisión preguntar a los analistas económicos en cuánto se devaluará el lempira o el porcentaje de desempleo e inflación para los próximos años. A veces me parece que veré al colega sacando una bola de cristal para cumplir mejor el rol de encarnación de la hermosa Casandra.

Y más me recuerda la princesa de Troya a los economistas, por el hecho de que en el citado caso, más que un acto de magia adivinadora, el asunto parece ligado al sentido común. Y es que en rigor, no creo que se necesite tener algún poder especial para intuir que el famoso caballo era una trampa del enemigo. ¿A quién se le ocurre que un “regalito” así proviene de la buena voluntad de un enemigo admirado por la capacidad de resistencia? Me parece que hay que ser algo obtuso para no ver de lejos el ardid.

Algo por el estilo nos pasa a los profesionales de las Ciencias Sociales y especialmente a los economistas. No es que nuestros intrincados modelos teóricos y la rigurosidad y poder de las técnicas econométricas nos hayan convertido en un oráculo. Esto ayuda, pero al final es la capacidad de observación y la lógica intuitiva quienes terminan imponiéndose.

Un claro ejemplo de lo dicho, fue el inusitado aumento al salario mínimo efectuado por el gobierno de turno a comienzos del 2009. Cual Caballo de Troya, la medida fue tomada como generoso regalo por una buena parte de la ciudadanía. No había que ser experto para “adivinar” como después se constató, que el aumento solo traería más pobreza y desempleo al país, lo cual quedó evidenciado en un estudio que realizara el PNUD unos meses más tarde.

Lo mismo puede decirse de algunas medidas que se toman en la actualidad. La implantación de un modelo de seguridad social que reemplace al antiguo y desprestigiado que existe desde 1959, pareciera una magnífica idea si no fuera porque en su esencia responde a un esquema confiscatorio y poco eficiente para mejorar la cobertura y calidad de los servicios de salud, jubilación y protección a los trabajadores.

Más de alguna voz desinteresada se ha unido a la mía en este proceso. La UNAH, FOSDEH, el ICF y otras instituciones sociales han hecho la advertencia, más ha caído en saco roto.

Da la impresión de que Casandra tiene muchos avatares, pero la maldición de Apolo persiste y quien perderá no es el mensajero, sino que como siempre, el noble pueblo padecerá como Troya, quien no supo escuchar la voz de la intuición.

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