LUCES PREMATURAS

LUCES PREMATURAS


Editorial La Tribuna
NORMALMENTE en Estados Unidos y en Europa, por lo menos en los hogares, las luces de Navidad son conectadas y encendidas pocos días antes de “Noche Buena”; o el mismo día en que se celebran los festejos cristianos. En las casas de los países europeos los arbustos navideños suelen ser de tamaño discreto, cuando logran elaborarse. Pero en Honduras, especialmente en las ciudades más importantes, los reflectores en los grandes rótulos y las luces en los parques, se encienden desde comienzos del mes de octubre, como queriéndose anticipar a los “felices” días venideros. O quizás simplemente con el propósito de exhibir anuncios comerciales para restablecer “el dinero circulante”, que durante este año ha circulado muy poco, al grado que se han escuchado lamentaciones por doquier.
La cuestión es digna de análisis imparcial pero realista. Los motivos para conectar las luces navideñas en forma prematura, y apagarlas bien entrado el mes de enero, tal vez nada tenga que ver con “el circulante”; ni siquiera con la misma Navidad; sino que con los modos tradicionales de ser del hondureño. El nivel de tristeza y decaimiento que se respira es detectable en el ánimo de mucha gente. En algunas ferias patronales, para el caso, en donde el “Santo Patrono” de cada municipio, es lo menos importante para aquellos que se sumergen en los charrangos anuales, las fritangas, juego de dados, bailongos, palenques de gallos y las respectivas balaceras de los nuevos “vaqueros”, quienes dejando sus caballos y sus bueyes aparecen de la noche a la mañana en automóviles “cuatro por cuatro”, por dineros mal habidos o por golpes de suerte en las cosechas de café.
El asunto es que el hondureño promedio, triste o decaído “por naturaleza”, porque así es su naturaleza histórica en donde se han conjugado, a lo largo y ancho de las décadas, los factores del hambre, la desnutrición hereditaria, el subempleo, el anarquismo, la mala educación escolar, la desconfianza, las enemistades familiares e interfamiliares sin sentido, el acto de serrucharle el piso al prójimo por el simple afán de serrucharlo. Todo contribuye, directa e indirectamente, para que el hondureño sea objetiva y subjetivamente un ser humano triste. Hasta los estados del clima, aparentemente inexplicables, contribuyen al mal oxígeno y  a los malos estados de ánimo de la mayoría de los catrachos, sin importar demasiado su extracción social.
Los mismos centros comunales de la mayoría de municipios, barrios y aldeas del país, son construidos con unos criterios arquitectónicos lúgubres: con los techos bajos, las puertas estrechas y la falta de ventanas. De tal suerte que las comunidades ahí reunidas perciben que ni siquiera pueden respirar aire libre. Ni mucho sentir alegría genuina en las ferias y en las fiestas navideñas, aunque enciendan cadenas de foquitos intermitentes para “Noche Buena”. Sin embargo, la vida se abre paso a pesar de las atmósferas asfixiantes, razón por la cual los hondureños originarios de diversos estratos sociales se anticipan, desde el mes de octubre, a celebrar unas festividades inciertas, por aquello de las depresiones económicas, las violencias recurrentes y el desempleo de todas partes.
La reflexión es pertinente habida cuenta del derecho de vivir mejor, y del sacro deber de soñar en forma inalienable, aunque sea con un par de foquitos navideños, con el fin de recordar el paso por la Tierra del hombre más hermoso y amoroso del mundo, y de aquel principio, a veces olvidado, acerca de la fraternidad humana, en que deben aprender a coexistir en paz todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Los hondureños, tristes “por naturaleza”, debemos esforzarnos por encontrarle sentido a nuestras vidas.

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