EL HOY Y EL AYER

EL HOY Y EL AYER


Editorial La Tribuna

TÓPICO de plática entre los adultos con los muchachos. Los mayores añorando cómo antes todo era mejor y los cipotes riéndose de cómo sus abuelos y sus papás se quedaron fosilizados en el pasado. Aunque estos intercambios solo son posibles en el dado caso que todavía se pueda tener una conversación. Ahora no hay diálogos, solo instantes intermitentes para intercambiar palabras, esperando el momento cuando los interlocutores despeguen su vista de la televisión o salgan de la hipnótica influencia de sus teléfonos celulares. Es el avance, el vertiginoso cambio tecnológico lo que ha arruinado todo, dicen los viejos. Los jóvenes, creen que les habría sido invivible existir en semejante atraso de épocas pretéritas. Unos cuantos años de inventos, de innovación, de estrenos espectaculares, modificaron radicalmente la forma de convivir.
Cuando los fijos teléfonos eran contados, y no se tenía toda esa variedad de dispositivos electrónicos y digitales –como instrumentos de comunicación y de entretenimiento– era necesario esperar para hacer una llamada. Al inicio, pedirla a la operadora y esperar la conexión. Después –a los que pagaban buena mordida a algún contacto en la estatal, para conseguir una línea– girar el dial de los números, del aparato negro que solo servía para eso, no para ver fotos, videos o enviar mensajes escritos. Usualmente colocado en el escritorio bonito, confeccionado por buenos ebanistas. Ahora no hay espera, todo es portátil y al instante. Si hay teléfonos sobre las mesas están de adorno, aparte que para muebles preciosos, elaborados por manos artísticas, no hay madera y quedan pocos carpinteros. Quizás por la dificultad con la comunicación telefónica o por inercia de la cultura, era costumbre ir a ver a los vecinos, por lo general en horas de la tarde. Hoy, nadie visita a nadie, aparte que no saben quiénes son los que viven en la casa de al lado, menos al final de la cuadra. Era común –aparte de relajarse o de sacar a pasear a los chigüines– encontrarse en algún parque con conocidos. Tenderse en una banca a leer. Hoy, la inseguridad que espanta impide salir a cualquier lado, ah y los libros son reliquias del culto ayer, porque la mayor parte de la gente no lee.
Nosotros no somos los únicos que meditamos en aquellas cosas del ayer, con nostalgia recurrente. También este cambio absoluto en la convivencia lo observa el papa Francisco. Él lo percibe de esta forma: “Cuando hay algo que en una familia no funciona se ve enseguida cuando se sienta a comer y describió cómo los hijos en la mesa están pegados al ordenador o al aparatito (en referencia al teléfono celular)” y la familia no se escucha entre ella y por tanto “no es una familia, es una pensión”. “El símbolo más evidente es la familia reunida en torno a la mesa, donde se comparte no solo la comida, sino también los afectos, los acontecimientos alegres y también los tristes”. “Esta virtud constituye una experiencia fundamental en la vida”, cuando los cristianos deben tener “una especial vocación hacia la convivialidad”. “Jesús no desdeñaba comer con sus amigos”. “Hoy, muchos contextos sociales ponen obstáculos a la convivencia familiar”. “Hoy no es fácil. Debemos intentar el modo de recuperar. En la mesa se habla, se escucha, que nunca haya silencio, el silencio que no es el de los monjes, ni el del egoísmo, el de cada uno a la suya… y no se habla, no”. “Nunca el silencio. Recuperemos la convivencia familiar, adaptándola a los tiempos”. Qué bueno sería tener una conversación normal con la gente. No solo de los adultos con los muchachos. Si los viejos también se han contagiado del mismo resabio. La gente cree que platica, pero no hay diálogo posible mientras sigan en su narcosis, prendidos a los celulares.

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