Los mercenarios espirituales

Los mercenarios espirituales

Por Mario E. Fumero

Antes de hablar de los mercenarios espirituales, damos a definir el término mercenario desde el punto de vista del idioma castellano. Se le llama mercenario a un soldado o tropa que sirve a un gobierno extranjero a cambio de dinero. Estos hicieron su aparición en las guerras de la Edad Media en donde se compraban tropas mercenarias para defender reinos o territorios, financiados por personas que los contrataron para tal fin. Actualmente existen ejércitos mercenarios al servicio de países extranjeros.

El mercenario es una persona que carece de principios propios y solo busca el beneficio personal, para lo cual se pone al servicio de quien mejor le pague, para ejecutar cierta labor con la cual no se identifica, pero sí se beneficia. El mercenario no tiene valores, ni principio alguno, sino intereses por los cuales es capaz de ejecutar cualquier acción inmoral o incorrecta a cambio de un beneficio determinado.

¿Podremos aplicar este término a aquellos falsos ministros que se prestan para mercantilizar la fe? ¡Sí!, todo aquel que busque beneficiarse de algo que es falso o irreal para hacer negocio él es un mercenario. Existen ministros que como mercenarios venden sus principios y claudican de aquello que dicen proclamar para obtener beneficios propios. Estos son aquellos de los cuales habló el apóstol Pedro cuando dijo que “por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas…” (2 Pedro 2:3) tomando el evangelio como un negocio y la fe como la forma lucrativa para explotar la ingenuidad de muchos creyentes que por ignorancia caen en el engaño de comprar algo que no tiene precio, porque todo lo que Dios nos da es por “gracia” y no por dinero.

Cuando un predicador o llamado cantante cristiano le pone precio a su mensaje o cántico, automáticamente está actuando como “mercenario” o mercaderes, porque está mercantilizando la gracia de Dios. El proclamar la palabra es un mandato imperativo y no lucrativo. Es un deber predicar, Pablo dice: “hay de mí si no anunciáramos el evangelio”, y afirma que es una “impuesta necesidad” (1 Cor.9:16).

Da vergüenza cuando ciertos llamados “apóstoles” por medio de sus manager le ponen precio a sus mensajes, valorándolos entre $500.00 por noche y algunos ponen precios exorbitantes, como por ejemplo: cobran entre $5,000.00 a 10,000 por noche, además de otras condiciones como son hoteles de cinco estrellas y cubrir sus pasajes en avión en primera clase. Los que tales cosas hacen son mercenarios del evangelio.

Todo lo que Dios ofrece es por gracia, o sea, sin precio, porque el evangelio de Cristo se debe predicar o cantar “gratuitamente” como dice la palabra en 1 Corintios 9:18. El cántico aunque es un arte en el mundo y se paga, en la iglesia es una expresión de adoración y testimonio y no se puede mercantilizar, pues es una expresión de reconocimiento de la soberanía de Dios sobre nuestras vidas. Así que definimos como “mercenario espiritual” a todo aquel que proclama una verdad que no forma parte de sus convicciones, pero sí la usa para beneficiarse de ella, vendiendo un mensaje falso o proclamando una causa que él mismo no abraza. Recordemos que el mercenario lucha o defiende una causa para lo cual fue contratado, o se hace suya una lucha por interés y no por convicción.

¿Pero quiénes tienen la culpa de que hayan mercenarios espirituales en la iglesia que mercantilizan el evangelio? La culpa la tienen los pastores y hermanos que por falta de conocimiento y buscando satisfacer los gustos de la mayoría, buscan estrellas ficticias que con mensajes superfluos y manipulativos, atraigan a los indoctos y neófitos para escuchar a falsos maestros que adulteran la palabra de Dios, para hacer negocio del evangelio (2 Corintios 2:17). Estos son estrellas erráticas (Judas 1:1), mercaderes del evangelio y todo se debe a que mi pueblo carece de discernimiento para juzgar lo recto de lo incorrecto. Tristemente el pueblo evangélico del siglo XXI, aunque tienen muchas biblias, es destruido por su falta de conocimiento (Oseas 4:6).

No podemos negar que vivimos una época en que todo se mercantiliza, y que la iglesia ha perdido la perspectiva bíblica de proclamar el evangelio sin condición económica, ignorando a los marginados y desposeídos, porque el sacrificio de Jesucristo no tiene precio. Aunque es cierto que el obrero que sirve a Dios es digno de un salario (1 Timoteo 5:18), pues el que enseña la palabra y sirve del altar, debe comer de él, pero nuestro llamado divino es entregarnos como siervo, y dejar al Señor obrar, no actuando abusivamente despojando a los feligreses de dinero con chantaje o intimidación de forma imperativa, como condición de servicio, pues según enseña la palabra en 2 Corintios 11:8, no debemos ponerle precio al mensaje, porque el Señor Jesús se encargará de cubrir nuestras necesidades, ya que la Biblia afirma que “no he visto justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan” Salmo 37:25.

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