La democracia degenerada



La democracia degenerada

Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
Para ser político en Honduras, solo se requiere tener dos cosas: saber leer y escribir, y gozar del apoyo del partido. Que el equipo de mercadeo del partido lo señale como una “opción de elección popular”, sea esta una figura de ascendencia étnica, periodística, sexual, artística o futbolera.

Eso no tendría nada de extraño ni de malo, de no ser porque, si lo vemos con la facultad reflexiva más inmediata a la que puede apelar el ciudadano promedio, esto es, el sentido común, el político hondureño, principalmente los diputados y los administradores del servicio civil, resultan ser una olímpica inutilidad, cuyo trabajo dista mucho de la razón originaria y de la encomienda que surgió en aquella Francia revolucionaria del siglo XVIII.

Algo se degeneró con el paso del tiempo como para que la democracia haya caído a niveles tan bajos de calidad efectiva. Por cierto, Max Horkheimer y Theodor Adorno, escribieron hace unas décadas, la obra intitulada “Dialéctica de la Ilustración”, en la que argumentan que todo movimiento emancipador que pretende llevar la felicidad al ser humano, termina por ahogarse en sus propias contradicciones, negando, de una vez por todas, la esencia de la promesa mesiánica y su propia razón de ser en la historia.

Eso pasa con esta democracia del siglo XXI, cuya maquinaria estamental, incluyendo las cámaras legislativas, refleja hoy en día la descompostura de aquella sana intención de antaño. La disolución moral del legislativo y de los políticos en general, son los síntomas más palmarios de una grave enfermedad a la que ya estaba condenada la democracia desde hace más de doscientos años. Lo que sucede es que el pánico se apodera del hombre occidental cuando revisa lo fallido de ese sistema político del que nos vanagloriamos con resignación cristiana al expresar que “es el menos peor de los sistemas políticos”. Como no conocemos otra forma de tutela política -al menos en la teoría-, nos contentamos con aceptar un juego que hace mucho tiempo viene haciendo aguas, y que se descubre cada vez más divorciado de los problemas que aquejan a la sociedad.

Y la expresión más aborrecible, de la que podemos echar mano -sin ánimo de caer en el fetichismo ideológico-, es, sin lugar a dudas, que el sistema democrático, en países como Honduras, ha pasado de ser, de un ciclo vivificador de la armonía que los ancestros de la Independencia edificaron, a un círculo viciado y altamente corruptible que, según parece, se prolongará en el poder, una buena cantidad de décadas, acaso una centuria, hasta que llegue el día en que se asfixie en su propia concepción política. “Nada es permanente”, decía con razón, Heráclito “El Oscuro”.

El político hondureño entiende que el sistema que denominamos “democracia participativa” es el “Novum organum” para apropiarse del poder, la forma más apetecible para dominar las fuerzas de la sociedad a partir del juego plebiscitario. Ha logrado forzar el sentido histórico de las legislaciones para domeñar -cruelmente-, el terreno donde se libran los anhelos más preciados de los ciudadanos. Y lo que es peor: concibe la política como el medio más expedito para amasar fortuna. Ya no se trata de prominentes abogados -como a la antigua usanza-, o médicos respetables de la sociedad, sino de parias, bardos improductivos, líderes de discutible honestidad, maromeros de radioteatros, progresistas de fácil adaptación estomacal, y, desde luego, el reputado figurín que se prolonga legislatura tras legislatura, valiéndose de la inocencia popular.

Los puestos del Estado constituyen no solo un “modus vivendi”, sino también una fuente de movilidad social que asegura el éxito sin necesidad de invertir ni poner en riesgo capitales honradamente trabajados. Pero la tasa de retorno es espectacular: sino, preguntémosle a un diputado, de esos que antes de aparecer en las revistas de la élite social, se mantenían luchando denodadamente contra la pobreza, hasta que, un buen día, decidieron entrarle al negocio político. Su credencial: ser parte de algún espectáculo que ofrezca un pasatiempo dominguero a los hondureños.

No hay “skills” que valgan, como les llaman los gringos a las habilidades innatas o adquiridas. No existen competencias desarrolladas ni antecedentes de haber sido un prominente estudiante o un luchador “entrepreneur”. No hay necesidad de un título universitario, o de una maestría que fortalezca el ejercicio teórico en cada faceta de la vida legislativa. Y no las hay porque no se necesitan. Mientras más ignorante sea el político de media o baja categoría, mucho mejor. No necesita conocer, sino, decir “amén”. La experticia es peligrosa: todo lo pone en duda, y el poseedor de ella busca soluciones alternativas e inoportunas que terminan incomodando a la directiva en el poder.

Desvinculados -desde hace décadas-, de la sociedad civil, de la que se sirve ciertamente solo en los tiempos eleccionarios, los diputados, alcaldes y secretarios, con o sin cartera, han resultado ser una estirpe de suma cero. Son parte del fracaso de la democracia y la viva expresión del paisaje sombrío que hoy observamos -con tristeza y miedo-, volcarse sobre nuestras vidas. Y no encontramos alternativas para proponer, aunque se molesten los apologistas de este o del próximo gobierno -que es el mismo-. Cualquier sugerencia o anhelo, parecería una romántica futilidad, una cursilería barata, o un vil argumento sin fundamento filosófico que, en poco o en nada contribuiría a promover el profundísimo cambio social que ahora precisamos.

Comentarios

Entradas populares