Palabristas



Palabristas

Por Jonathan Roussel

Lo de castigar la apología del crimen, agregado de última hora a las reformas que facilitan las acusaciones y endurecen las penas por terrorismo, debería tenernos sin cuidado. Sea que las cambien o no, como han pedido algunos sectores.

Sería muy importante que todos dijéramos con orgullo: a mí nunca me las aplicarán porque no cometeré delito contra mi país y su pueblo. Y esa podría ser una contribución, tal vez la más importante, para el desarrollo de la República.

El derecho de ser opositor sigue incólume en todas las leyes. El derecho de elegir o ser electo nadie lo impide, pero el utilizar, justificar y promover actos delictivos para usarse en política es tan criminal como disparar un fusil para matar. Asustar a la población para extorsionar, zamparle fuego a un medio de transporte o atracar una pequeña pulpería no son casos tan espectaculares como ataques terroristas en París, pero causan el mismo efecto.

Tampoco se impide la libre emisión del pensamiento siempre que esté revestida de condiciones morales, y no falte al derecho de imagen ni sea pretexto para evadir responsabilidades legales. Una conferencia de prensa, una declaración o un comunicado a veces son tan demoledores como una bomba Molotov en un centro comercial lleno de inocentes ciudadanos. O una turba armada con piedras gritando consignas y diciendo esta es una manifestación pacífica.

Por alguna parte nos encontramos un vocablo demoledor: palabrista. Dícese de alguien que habla mucho y miente mucho.

Y aquí abundan, hablan de todo, no descansan y cada uno tiene su propia versión. Y se amplía la intensidad de la opinión según sea el auditorio o el organismo extranjero que oye o financia.

Por ejemplo escuchamos a alguien llamado líder cuando afirmaba: los diputados de mi partido que voten a favor de las reformas serán quemados.
Aquí está Juan que los incendiará. ¿Broma, amenaza, orden, sugerencia? Esa declaración es criminal, y pudo haberla oído un desubicado que en este momento busque cómo ejecutarla.

Hemos pensado ¿qué efecto tiene en la población irregular ese continuo apoyo a sus actos? Se sienten defendidos y estimulados? Eso hace tan difícil la lucha contra la criminalidad?

Qué pasará si los promotores de esa conducta pierden las elecciones? Seguirán en la misma posición?

Y si ganan utilizarán a esa especie de cómplices como fuerza armada popular.

Dejen libre este pobre pueblo. Ya es tiempo de paz. Sometámonos a la ley y las buenas costumbres.

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