A APRETARSE LA FAJA

A APRETARSE LA FAJA


MENOS mal que al país –por más que anhelaban los camaradas– no lograron embrocarlo a esa dependencia parasitaria de los recursos del ALBA. Ni imaginarse que peor nos pudo haber ido si lo hacen satélite de esa órbita de influencia. Esa ruinosa condición económica y social, como caótica situación política que atraviesa Venezuela, no solo afecta con dureza a sus habitantes. Arrastra consigo la salud de otras naciones dependientes del obsequioso suministro de petróleo; mientras hubo chorros para despilfarrar y bonanza que repartir. Varios suspiraban por recibir las misericordiosas migajas que caían de la mesa donde se saciaban los alagartados. Los exorbitantes precios que cobraban por el barril de crudo –a costa de la angustia de importadores acabados– fue el alma que financió la fracasada “revolución del Siglo XXI”.

Como inmediato corolario de ese desplome, Cuba entró en recesión por primera vez en más de dos décadas. “Las limitaciones en los suministros de combustibles y las tensiones financieras se agravaron en el segundo semestre, conduciendo al decrecimiento del Producto Interno Bruto en un 0,9%” –con respecto al crecimiento del 4,4% del año pasado– señaló el presidente Raúl Castro en la sesión de fin de año del órgano legislativo”. A esto solo le antecede otra situación parecida. “En los inicios de los noventa la isla enfrentó su peor crisis por la disolución de la Unión Soviética, con contracciones en el crecimiento que alcanzaron hasta 15% en un solo año”. Este año Venezuela redujo en 40% la entrega de petróleo a La Habana. “La inyección de crudo de Caracas ha pasado de más de 115,000 barriles diarios en 2008 a unos 40,000 en la segunda mitad del 2016”. La economía cubana resintió “la caída en los precios mundiales del azúcar y el níquel, junto con una disminución en la producción de ambos”. El año ha transcurrido con llamados oficiales a la población a “apretarse la faja”. El turismo es el único sector beneficiado por la flexibilización de Washington de las medidas de su política exterior. Aparte de ello, no hay signos en el horizonte de otro salvavidas. Menos ahora con la nueva administración estadounidense. El socio venezolano se sostiene con las uñas en el poder. La última medida de Nicolás ha sido retirar de circulación los billetes de 100 bolívares para sustituirlos por otros de mayor denominación, encargados a Suiza, de 500, 1,000, 2,000, 10,000 y 20,000 bolívares. La inflación en barajustada –se calcula en 600%, la mayor del mundo– ha provocado que el billete valga menos que el papel en que está impreso.

Esa cifra explosiva solo es comparable a los índices de violencia que registra ese país: 28,479 asesinatos durante el 2016, superando los 27,875 del 2015. Ello representa una tasa de 91,8 homicidios por cada 100,000 habitantes. De esa barbarie, 1 y 3 muertes son por linchamientos; entre 1 y 4 muertes por encargo (sicariato) cada semana; 2 efectivos de seguridad son asesinados semanalmente y no son detenidos ni el 10% de los que cometen esas atrocidades. Solo pensar que en similar situación se encontraba Honduras unos años atrás. En el año 2012 la tasa era 90.4 homicidios por 100 mil habitantes mientras que en la actualidad se ha reducido a valores inferiores a 60. Aun cuando la inseguridad sigue siendo un tremendo azote, hay que valorar los resultados más positivos, y acreditar todos los esfuerzos comprometidos a superar esa horrenda calamidad que poco a poco nos han permitido ir saliendo de esa lúgubre pesadilla.

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