Recalentamiento de Corea y otras partes



Recalentamiento de Corea y otras partes

Por Segisfredo Infante

Si una sola razón me pidieran de porqué debo seguir admirando a John F. Kennedy, a pesar de mis simpatías naturales por los republicanos, les contestaría que por su manejo genial de la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba en octubre de 1962, que empujaban hacia un verdadero peligro de una “Tercera Guerra Mundial” definitiva, con la posibilidad de la extinción de la especie humana. El presidente John F. Kennedy, hábil negociador, al momento de tomar cada decisión pensaba en el futuro tenebroso de los niños y de las nuevas generaciones del mundo en general. El hombre miraba una especie de abismo sin fondo frente a la crisis atómica provocada por motivos geopolíticos y por la arrogancia ideológica de algunos dirigentes “comunistas” rusos, incluyendo al “inteligente” Nikita Kruschov, quien había desmantelado por un tiempo el aparato de terror estalinista.

El alférez, anciano, don Mario Sosa Navarro (QEPD), me contaba que por aquellos días él se encontraba en un hotel de Moscú, y que una delegación de China “Comunista” lo invitó a una reunión privada para tratar el peligrosísimo tema. Los chinos le expresaron algo más o menos así: que los dirigentes de la Unión Soviética (léase los halcones de la guerra), estaban jugando al “aventurerismo táctico”, incurriendo en “un enorme error estratégico”, al utilizar a Cuba como posible rampa para el lanzamiento de misiles nucleares de alcance medio. Fidel Castro y el “Che” Guevara fingían indiferencia (o quizás demencia) frente a la catástrofe mundial que se avecinaba, en la que desaparecería Cuba y el resto de la humanidad. Hay documentación muy confiable al respecto.

Desde hace algunos años las cosas parecieran ponerse al revés, es decir, los dirigentes chinos, al apoyar a Corea del Norte, han incurrido en un aventurerismo táctico y en un enorme error de cálculo estratégico al respaldar al régimen totalitario de una familia sanguinaria que ha cometido crímenes de lesa humanidad, sobre todo el señor Kim Jon-un, un personaje desalmado que se alimenta de la retórica de la guerra extrema, y de amenazar atómicamente a sus vecinos. Siempre he dicho en mis artículos que Corea del Norte significa una espada clavada en el costado de China Popular, en tanto en cuanto que el tema se les puede escapar de las manos, sobre todo si desde los círculos infernales del genial poeta Dante Alighieri, emerge otro loco con el mismo esquema de “razonamiento” altamente violento como el del señor Kim Jon-un. Especialmente si el nuevo loco cuenta en sus haberes con un poderío atómico descomunal. Y luego si al nuevo personaje en cuestión le importa un chorizo el futuro de los niños y de las nuevas generaciones de jóvenes. (A John F. Kennedy le importaba incluso el bienestar social y económico de América Latina).

Por supuesto que en estos temas candentes es fácil parcializarse, como en los tiempos de la polarización de la “Guerra Fría”. Para adoptar posiciones extremas, en cualquier negociación o en cualquier tema de la vida, no se necesita de ningún talento; ni siquiera se requiere de la más mínima inteligencia. Basta con ponerse bravucón, arrogante y terco, para que la “lógica de las cosas” desemboque es una catástrofe institucional, nacional o internacional, como en el caso actual de la retórica de guerra entre el actual presidente de los Estados Unidos y el jefe de Estado Kim Jon-un, a quienes pareciera importarles poco menos que un pepino el futuro de la humanidad. Pero ojalá que los asesores federativos de la “Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos”, los dirigentes de la ONU, los estrategas de Rusia y los actuales apaciguadores de China Popular, logren bajar el recalentamiento bélico entre las partes involucradas.

En virtud que Corea del Norte y Corea del Sur quedan al otro lado del planeta, sería saludable que intentáramos deletrear la historia de ambas naciones, imparcialmente, desde comienzos de los años cincuentas del siglo veinte. O quizás desde un poco antes. Una relectura de la vida del general Douglas MacArthur (“El César Americano”), del biógrafo William Manchester, más la “Historia de la Guerra de Corea” (“una guerra olvidada”) del periodista norteamericano David Halberstam, ayudarían mucho para comprender las interioridades de un dilema que pareciera lejano, pero que hoy por hoy coloca en grave peligro la subsistencia humana, para alegría de Nicolás Maduro cuya problemática pasa a un segundo plano, y para alegría de los arrogantes e indiferentes del patio que niegan toda posibilidad de negociación de un problema institucional, casi trivial, que se lleva de encuentro a cerca de cien mil personas (entre estudiantes y trabajadores). Todo porque la arrogancia y la indiferencia se han instalado muy por encima del talento.
Durante la “Guerra Fría” hubo personas talentosas que siempre mantuvieron abiertas las puertas del “Diálogo”. Aunque no se avanzara ni un centímetro en materia de distensión armamentística, mientras los bloques estuvieran en disposición de sentarse a conversar, la sobrevivencia de la especie humana era realmente posible. Los cuadros más inteligentes, hoy en día, deben forzar a que las partes “antagónicas” se sienten a negociar.

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