Ni con un millón de observadores…

Ni con un millón de observadores…

Por Boris Zelaya Rubí

“Las elecciones estilo Honduras de 1965 y la farsa electoral de 1956 son recordadas como una vergüenza nacional, que marcaron la vulnerabilidad del país a los fraudes electorales y de paso lo exhibieron internacionalmente”.

Las elecciones internas o primarias en los partidos políticos aún con un millón de observadores, siempre serán amañadas, se burlarán de los simpatizantes de las organizaciones políticas existentes y de los que creen que cumplen patrióticamente y son gente decente al abstenerse de ejercer el sufragio o haciéndolo en blanco. ¿Quién selecciona los integrantes en las papeletas de votación? ¿Por qué algunos se prestan para figurar sin esperanzas de ser electos? Las mismas mafias de partidos o mejor dicho las eternas argollas formadas por grupos pequeños y cerrados, preocupados por sus propios intereses.

Es muy fácil deducir quiénes serán los vencedores en cada partido político, no hay que ser Nostradamus o Baba Vanga. Así ha funcionado la democracia, con picardía y escrutinios amañados; está en manos de aproximadamente 150 personas tomando en cuenta los militares, las iglesias, empresa privada y no sería raro que también existiera alguno que otro que esté próximo a ser guardado en El Pozo. Es obvio que los electos no serán producto de sufragios y el primer poder del Estado o Poder Legislativo, estará a la orden de los dirigentes políticos y los grupos poderosos del país, sin independencia entre poderes. La novedad solamente será de uno que otro suertudo o “alero” de alguien con influencias invisibles, como nuevo comensal del dinero del pueblo (diputado), cuyo objetivo principal será vivir sin necesidad de trabajar, arreglando para siempre su situación financiera.

Ante la oferta de candidatos a la Presidencia, preferimos al candidato azul, porque “todos los medios son buenos si el fin es bueno” con tal de mantener nuestra imperfecta democracia sin derramamientos de sangre por montoneras de grupúsculos, que no traerán más que muerte y otro puñado de ambiciosos con el propósito de ¡convertirse en ricos! “Qué dicha tan grande nacer en Honduras… cómo quisieran tener esas posiciones de los políticos, todas las pobres criaturas”.

Nosotros activamos en política por varios años, sin costarle un centavo a nadie, con ayuda de amigos personales, privando a nuestros hijos de nuestra presencia y obligando a nuestras esposas a realizar grandes sacrificios. Ahora los juramentan para ser nacionalistas y al día siguiente los incorporan al listado de diputados para probar suerte en las primarias, como decía el famoso humorista cubano, conocido en el mundo como Tres Patines: ¡Cosa más grande la vida, chico! Tenemos que seguir insistiendo que la solución está en la educación del pueblo. El tiempo que falta para erradicar el analfabetismo y que los ciudadanos tengan madurez política para no vender el voto por un puñado de lempiras y unas tortillas con carne asada el día de las elecciones ¡serán nuestros tataranietos los que posiblemente verán un mejor país o la unión centroamericana!

El pueblo medianamente letrado empieza a murmurar como siempre, que los partidos políticos en sus cúpulas ¡todos se hartan del mismo plato! Que no existe oposición constructiva para beneficiar al pueblo hondureño sino como siempre ¡pinches intereses! Se les olvida el principio básico de que una formidable oposición hace un buen gobernante. Pero los trasnochados deseos por llenar sus alforjas con monedas de oro, los hacen indiferentes ante el dolor del pueblo que apenas puede con su necesidad fundamental: ¡comer!

Y hablando de las malas escogencias, quienes siempre se aprovecharon de la falta de principios de nuestros patricios, llegando a decir que en Honduras era más cara una mula que un diputado, ahora tenemos un nuevo mandamás en América que amenaza con detener o gravar con impuestos las remesas de los latinos, sin importarle que esa decisión lleve a los países pobres de América a ser presas fáciles de la izquierda y se conviertan en enemigos de la democracia (en su traspatio), sería la peor catástrofe que las sufridas en todos los países por los dictadores disfrazados de benefactores del pueblo. Esperamos que el señor Trump no finalice su discurso de toma de posesión diciendo como los demás: ¡Dios bendiga América!, mejor que se refiera solamente a Estados Unidos de Norteamérica.

De rodillas solo para orar a Dios.

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