Con Pinzas



Con Pinzas
Editorial La Tribuna

TANTO que había costado recuperar la tranquilidad en el sector educativo, para que ahora, por el lado de algunos colegios de segunda enseñanza, se armen los molotes callejeros. La revuelta de una docena de institutos de la capital tiene su origen en el rechazo de algunos estudiantes al cumplir la jornada ampliada, de horas clases, instruida por la Secretaría de Educación. Desconocemos cuáles sean todas las razones que aluden los quejosos para rechazar la disposición de la autoridad educativa, a no ser las expuestas por los voceros estudiantiles a los medios de comunicación. La inmediata –bastante razonable– es que el horario extendido los obliga a salir más tarde de sus clases –a horas pasadas de la tarde– lo que los deja expuestos a la ola de delincuencia que azota al país. Agregamos la dificultad para obtener transporte.
Después de varios días de molotes en las calles y de toma de los centros educativos, la Secretaría de Educación –resultado de un diálogo con los voceros estudiantiles y algunos padres de familia– dispuso suspender temporalmente el nuevo horario, mientras acordaran una modalidad más satisfactoria, en la docena de institutos objeto de las protestas. Sin embargo, minutos después, los bochinches reiniciaron, esta vez, según versión de los dirigentes estudiantiles: “porque el ministro no acudió personalmente y mandó unos gatos”, “porque quieren un acuerdo firmado y sellado por el ministro”, “porque exigen que la medida sea de manera general para todos los colegios” y “porque se dieron cuenta que hay una lista de suspendidos y eso no lo van a permitir”. En medio de todo este barullo, salió un grupo de estudiantes de la UNAH quemando llantas y bloqueando calles, en solidaridad con sus compañeros de los colegios de secundaria y por otro lado uno de la Pedagógica. Tampoco hay unanimidad en el alboroto, ya que muchos estudiantes y padres de familia demandan que se suspendan los bullicios y se reanuden las clases.
El ministro, en declaraciones a la prensa, expone que “hay toda una estructura organizada detrás de las protestas estudiantiles para desestabilizar el sistema educativo, como una forma de provocar su salida”. Reveló que hay diputados y políticos agitando el movimiento como la mano sigilosa de algunos docentes calculando que, con su salida, se restablecerán algunas canonjías que quitaron a la dirigencia magisterial y espacios perdidos por los políticos”. “Se trata de una conspiración –acotó el ministro– en la que ha identificado a otros sectores ajenos a los centros educativos que están trabajando de manera oculta y visible para manipular a los jóvenes e impulsarlos a que continúen con las manifestaciones”. Pues bien, lo anterior es característico de los movimientos estudiantiles. Unos a la bulla y otros a la cabuya. La agitación que, quizás, inicia por causas sensatas que justifican revisión de la autoridad, en la medida que intervienen fuerzas ajenas y factores exógenos, tienden a desnaturalizar el movimiento. La rebeldía es una característica de las revueltas estudiantiles. A veces no necesariamente responden a racionamientos. Es propio de las edades y del medio en que se desenvuelven. Por ello es que esas cosas deben tratarse con pinzas para no permitir que el conflicto se propague. Hay que deponer caprichos y buscar rutas de diálogo que permitan dilucidar los reclamos. De ambas partes debe haber buen juicio y disposición de entenderse. Ni irrespetando la ley o la autoridad, ni desoyendo razones justas, si las hubiese.

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